sábado, 15 de marzo de 2014

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

Lectura del santo evangelio según san Mateo (17,1-9):

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

Palabra del Señor


Evangelio Comentado por: José Antonio Pagola  San Mateo (17,1-9)

ESCUCHAR A JESÚS

El centro de ese relato complejo, llamado tradicionalmente “La transfiguración de Jesús”, lo ocupa una Voz que viene de una extraña “nube luminosa”, símbolo que se emplea en la Biblia para hablar de la presencia siempre misteriosa de Dios que se nos manifiesta y, al mismo tiempo, se nos oculta.
La Voz dice estas palabras: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo”. Los discípulos no han de confundir a Jesús con nadie, ni siquiera con Moisés y Elías, representantes y testigos del Antiguo Testamento. Solo Jesús es el Hijo querido de Dios, el que tiene su rostro “resplandeciente como el sol”.
Pero la Voz añade algo más: “Escuchadlo”. En otros tiempos, Dios había revelado su voluntad por medio de los “diez mandatos” de la Ley. Ahora la voluntad de Dios se resume y concreta en un solo mandato: escuchad a Jesús. La escucha establece la verdadera relación entre los seguidores y Jesús.
Al oír esto, los discípulos caen por los suelos “llenos de espanto”. Están sobrecogidos por aquella experiencia tan cercana de Dios, pero también asustados por lo que han oído: ¿podrán vivir escuchando solo a Jesús, reconociendo solo en él la presencia misteriosa de Dios?
Entonces, Jesús “se acerca y, tocándolos, les dice: Levantaos. No tengáis miedo”. Sabe que necesitan experimentar su cercanía humana: el contacto de su mano, no solo el resplandor divino de su rostro. Siempre que escuchamos a Jesús en el silencio de nuestro ser, sus primeras palabras nos dicen: Levántate, no tengas miedo.
Muchas personas solo conocen a Jesús de oídas. Su nombre les resulta, tal vez, familiar, pero lo que saben de él no va más allá de algunos recuerdos e impresiones de la infancia. Incluso, aunque se llamen cristianos, viven sin escuchar en su interior a Jesús. Y, sin esa experiencia, no es posible conocer su paz inconfundible ni su fuerza para alentar y sostener nuestra vida.
Cuando un creyente se detiene a escuchar en silencio a Jesús, en el interior de su conciencia, escucha siempre algo como esto: “No tengas miedo. Abandónate con toda sencillez en el misterio de Dios. Tu poca fe basta. No te inquietes. Si me escuchas, descubrirás que el amor de Dios consiste en estar siempre perdonándote. Y, si crees esto, tu vida cambiará. Conocerás la paz del corazón”.
En el libro del Apocalipsis se puede leer así: “Mira, estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa”. Jesús llama a la puerta de cristianos y no cristianos. Le podemos abrir la puerta o lo podemos rechazar. Pero no es lo mismo vivir con Jesús que sin él.

sábado, 8 de marzo de 2014

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68


Evangelio Mt 4, 1-11

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo.

Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre. Y el tentador, acercándose, le dijo: “Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”. Jesús le respondió: “Está escrito: ‘El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’”. Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso en la parte más alta del Templo, diciéndole: “Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: ‘Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra’”.

Jesús le respondió: “También está escrito: ‘No tentarás al Señor, tu Dios’”. El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: “Te daré todo esto, si te postras para adorarme”. Jesús le respondió: “Retírate, Satanás, porque está escrito: ‘Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto’”. Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo.



Palabra del Señor.


Leer el comentario del Evangelio por San Gregorio Magno (c. 540-604), papa y doctor de la Iglesia 
Homilías sobre el Evangelio, n° 16

.“Pues, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos”(Rm 5,19)

Examinando el proceso de la tentación del Señor, podremos comprender con qué amplitud hemos sido librados de la tentación. El enemigo en el origen se enfrentó al primer hombre, nuestro antepasado, por tres tentaciones: lo intentó por la glotonería, la vanagloria y la avaricia… Por la glotonería le mostró la fruta prohibida del árbol y lo persuadió a comerla. Lo tentó por la vanagloria diciendo: "Seréis como dioses" (Gn 3,5). Y lo tentó también por la avaricia diciendo: "Conoceréis el bien y el mal". En efecto, la avaricia no tiene solo por objeto el dinero, sino también los honores…

Pero cuando tentó al segundo Adán (1 Co 15,47), los mismos medios que le habían servido para hacer caer al primer hombre vencieron al diablo. Lo tienta por la glotonería pidiéndole: "Manda que estas piedras se conviertan en panes"; lo tienta por la vanagloria diciéndole: "Si eres el Hijo de Dios, échate abajo"; Lo tienta por el ávido deseo de honores, cuando le muestra todos los reinos del mundo y le dice: "Todo esto, te daré si, postrándote a mis pies, me adoras"... Así habiendo hecho prisionero al diablo, el segundo Adán lo expulsa de nuestros corazones por el mismo camino por donde había entrado. Hay otra cosa, que debemos considerar en la tentación del Señor: podía haber precipitado a su tentador al abismo, pero no hizo uso de su poder personal; se limitó a responder al diablo con los preceptos de la Escritura Santa. Lo hizo para darnos ejemplo de su paciencia, e invitarnos así a recurrir a la enseñanza más que a la venganza… ¡Ved qué paciencia tiene Dios, y cuál es nuestra impaciencia! Nos dejamos llevar por el furor tan pronto como la injusticia o la ofensa nos alcanzan…; el Señor, Él, aguanta la hostilidad del diablo, y le respondió sólo con palabras de dulzura.

domingo, 2 de marzo de 2014

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68


Dios y las riquezas
Mateo 6, 24-34. Tiempo Ordinario. Jesús contrapone la actitud de quien se afana por las cosas materiales, con la de quien vive desprendido de todo.



Del santo Evangelio según san Mateo 6, 24-34

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y amará al otro, o bien obedecerá al primero y no le hará caso al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero. Por eso les digo que no se preocupen por su vida, pensando qué comerán o con qué se vestirán. ¿Acaso no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Miren las aves del cielo, que ni siembran, ni cosechan, ni guardan en graneros y, sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿Acaso no valen ustedes más que ellas? ¿Quién de ustedes, a fuerza de preocuparse, puede prolongar su vida siquiera un momento? 
¿Y por qué se preocupan del vestido? Miren cómo crecen los lirios del campo, que no trabajan ni hilan. Pues bien, Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vestía como uno de ellos. Y si Dios viste así a la hierba del campo, que hoy florece y mañana es echada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, hombres de poca fe? No se inquieten, pues, pensando: ¿Qué comeremos o qué beberemos o con qué nos vestiremos? Los que no conocen a Dios se desviven por todas estas cosas; pero el Padre celestial ya sabe que ustedes tienen necesidad de ellas. Por consiguiente, busquen primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura. No se preocupen por el día de mañana, porque el día de mañana traerá ya sus propias preocupaciones. A cada día le bastan sus propios problema.

Oración preparatoria 

Padre providente, inicio mi oración dándote las gracias por tu amor. Te pido perdón porque no he sabido corresponderte. En esta oración quiero abandonarme, con espíritu filial, en tu providencia que siempre cuida de mí y de todas mis pequeñas y grandes necesidades. 

Petición 

Dios mío, ayúdame a confiar siempre en Ti, en tu providencia. 

Meditación del Papa Francisco 

Ese es el camino de Dios: la humildad, el abajarse para servir. En cambio la avaricia te lleva en sentido contrario: tú, siendo un pobre hombre, te haces Dios por vanidad. ¡Es la idolatría! Por esta razón Jesús dice cosas tan duras, tan fuertes en contra de este apego al dinero. Nos dice que no se puede servir a dos señores: o a Dios o al dinero. Nos dice que no nos preocupemos, que el Señor sabe lo que necesitamos, nos invita al abandono confiado al Padre, que hace florecer los lirios del campo y alimenta a los pájaros. El hombre rico de la parábola sigue pensando solo en las riquezas, pero Dios le dice: "Necio, ¡esta noche se te va a reclamar la vida!" Este camino es contrario al camino de Dios, es una tontería, te aleja de la vida, destruye cada fraternidad humana. El Señor nos enseña cuál es el camino: no es el camino de la pobreza por la pobreza. ¡No! Es el camino de la pobreza como una herramienta, para que Dios sea Dios, ¡para que Él sea el único Señor! ¡No el ídolo de oro! 
Y todos los bienes que tenemos, el Señor nos lo da para echar a andar el mundo, para llevar adelante a la humanidad, para ayudar, para ayudar a los demás. Que se mantenga hoy en nuestro corazón la palabra del Señor: "Estén atentos y manténganse alejados de toda avaricia, porque aunque uno viva en la abundancia, su vida no depende de lo que tiene" (S.S. Francisco, 21 de octubre de 2013, homilía en misa matutina en la capilla de Santa Marta). 

Reflexión 

Jesús contrapone la actitud de quien se afana por el dinero y las cosas de aquí abajo, con la de quien vive desprendido y confiado en la providencia de Dios. Aquellos al poner sus esperanzas e ilusiones en el mundo y sus cosas viven en el ansia y la intranquilidad. Esto es porque en último término los éxitos y satisfacciones, tan anhelados, vienen determinados por factores que no siempre pueden controlar. ¿Quién puede predecir el futuro siempre incierto? 

Hay bienes tan frágiles como la salud, tan inexplicables como el amor o la amistad sincera. Aspectos, éstos últimos, que son decisivos para la felicidad humana. Además la fugacidad de la vida limita las satisfacciones que estos bienes nos reportan... Desde este punto de vista ¡qué pobres parecen estas aspiraciones! En cambio, los otros, logran superar esa visión materialista para alcanzar, una dimensión espiritual. 

Seguir el consejo de Jesús no es fácil, pero reporta tranquilidad, paz y verdadera alegría interior. Saberse en las manos de un Padre bondadoso que nos invita a no preocuparnos de las cosas de este mundo, es una seguridad mejor fundada que las mejores predicciones de negocios. Esto no significa que debemos negar el valor a las cosas de este mundo, pues a todos nos son necesarias. Sin embargo, podemos discernir, con ayuda de Dios, dónde, cuando y cómo poner los cauces a todo ello. Si lo primero en nuestra vida son las cosas de Dios, seguimos viviendo en el mundo, pero todo lo que hagamos será con la intención de construir el Reino, de ayudar a los hermanos y de ganarlos para Cristo con nuestro testimonio, y no por afanes o lucros personales. Además, según la misma promesa, todos los demás bienes se nos darán por añadidura: ¡Lo ha prometido Cristo! 

Propósito 

Analizar la dificultad más grande de mi vida para ver en qué tengo que tener más confianza en Dios. 

Diálogo con Cristo 

Padre providente, tu doctrina es sencilla y clara, concreta y amorosa, no vale la pena desgastarse inútilmente por lo pasajero de este mundo, cuando hay un Reino que puedo empezar a gozar desde ahora. Las cosas no cambian por más que uno se preocupe por ellas, por eso te pido, Señor, tu gracia para vivir abandonado a tu Providencia, poniendo todos los medios a mi alcance para extender tu Reino. 










sábado, 22 de febrero de 2014

JORGITO Y SU PADRE.............

Un día, Jorgito entró a su casa dando patadas en el suelo y gritando muy molesto. Su padre, lo llamó. Jorgito, le siguió, diciendo en forma irritada:


- Papá, ¡Te juro que tengo mucha rabia! Pedrito no debió hacer lo que hizo conmigo. Por eso, le deseo todo el mal del mundo, ¡Tengo ganas de matarlo!


Su padre, un hombre simple, pero lleno de sabiduría, escuchaba con calma al hijo quien continuaba diciendo:


- Imagínate que el estúpido de Pedrito me humilló frente a mis amigos. ¡No acepto eso!..Me gustaría que él se enfermara para que no pudiera ir más a la escuela.


El padre siguió escuchando y se dirigió hacia una esquina del garaje de la casa, de donde tomó un saco lleno de carbón el cual llevó hasta el final del jardín y le propuso:


- ¿Ves aquella camisa blanca que está en el tendedero? Hazte la idea de que es Pedrito y cada pedazo de carbón que hay en esta bolsa es un mal pensamiento que va dirigido a él. Tírale todo el carbón que hay en el saco, hasta el último pedazo. Después yo regreso para ver como quedó.


El niño lo tomó como un juego y comenzó a lanzar los carbones pero como la tendedera estaba lejos, pocos de ellos acertaron la camisa.


Cuando, el padre regresó y le preguntó:


- Hijo ¿Qué tal te sientes?


- Cansado pero alegre. Acerté algunos pedazos de carbón a la camisa.


El padre tomó al niño de la mano y le dijo: – Ven conmigo quiero mostrarte algo.


Lo colocó frente a un espejo que le permite ver todo su cuerpo. ¡Qué susto! . Estaba todo negro y sólo se le veían los dientes y los ojos. En ese momento el padre dijo:


- Hijo, cómo pudiste observar la camisa quedó un poco sucia pero no es comparable a lo sucio que quedaste tú. El mal que deseamos a otros se nos devuelve y multiplica en nosotros. Por más que queremos o podamos perturbar la vida de alguien con nuestros pensamientos, los residuos y la suciedad siempre queda en nosotros mismos.


Ten mucho cuidado con tus pensamientos porque ellos se transforman en palabras.


Ten mucho cuidado con tus palabras porque ellas se transforman en acciones.


Ten mucho cuidado con tus acciones porque ellas se transforman en hábitos.


Ten mucho cuidado con tus hábitos porque ellos moldean tu carácter.


Y ten mucho cuidado con tu carácter porque de él dependerá en gran medida tu destino.

—

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,38-48):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: "Ojo por ojo, diente por diente." Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas. Habéis oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo" y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.»

Palabra de Dios


La perfección del amor


El evangelio de hoy concluye la enseñanza de Jesús sobre la ley, iniciada la semana pasada. Aquí vemos hasta qué punto el Sermón de la montaña supera infinitamente las prescripciones de la antigua ley, y en qué medida la lleva a su perfección. Si el mandamiento del amor es el corazón de la nueva ley del Evangelio, el amor a los enemigos supone su expresión más radical. Pero, cabe preguntar, ¿es esta novedad tan radical que sea imposible encontrar nada parecido, no sólo ya en el Antiguo Testamento, sino incluso en otras perspectivas religiosas o morales? La primera lectura responde en lo que se refiere al Antiguo Testamento. El texto del Levítico es una explícita llamada al amor y a la renuncia al odio, que el mismo Jesús cita para expresar el mandamiento principal (cf. Mt 22, 39). También en otras religiones y sistemas morales existen similares llamadas al amor universal, como las que encontramos, por ejemplo, en el budismo y la ética estoica. No debe extrañar que la llamada al amor no sea exclusiva del Evangelio, pues cualquiera que tenga la mente abierta y el corazón en su sitio puede entender que el amor es preferible al odio, y que es en el amor y no en el odio en donde el hombre encuentra su quicio vital, su perfecta realización y, a fin de cuentas, su salvación. Pero podemos hacernos otra pregunta. ¿Es el mandato del amor universal, incluidos los propios enemigos, algo realista? Sin negar la belleza del ideal, la vida real nos lleva con frecuencia a considerar que se trata de un mandato de imposible cumplimiento. La santidad a la que llama el texto del Levítico, la perfección a la que nos llama Jesús, pueden cuadrar bien para Dios (en el que lo ideal y lo real coinciden), pero no para nosotros, imperfectos, débiles y limitados. Tal vez por esto, algunas de las posiciones religiosas y morales que llaman también al amor a todos (como los mencionados budismo y estoicismo) proponen, como camino para lograr esa benevolencia, adoptar una actitud de impasibilidad, que, es verdad, nos protege del sufrimiento por la vía de la indiferencia, que se abstiene de hacer mal a nadie, pero difícilmente podrá amar de verdad, activamente a criatura alguna.

En realidad, la gran novedad que encontramos en la revelación bíblica, ya desde el Antiguo Testamento, es que, por paradójico que parezca, el mandamiento del amor no es una exigencia ética, una norma que hemos de “cumplir” con la fuerza de la voluntad, en ocasiones cerrando los puños y apretando los dientes. Se trata más bien de una revelación que Dios hace de su propio ser. El mandamiento del amor nos dice quién es Dios, cómo se manifiesta, cómo nos mira y cómo quiere relacionarse con nosotros. Más que una norma que nos exige, es un don que nos hace. Dios no se revela mandando, obligando, imponiendo, sino dándose. Si podemos seguir hablando de mandamiento, es en lo que esa expresión tiene de envío: Dios nos manda el amor, esto es, nos lo envía, nos lo entrega. Y si estamos abiertos a esa revelación, es claro que su luz puede no reflejarse en nosotros. Así han de entenderse las palabras “Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”, que Jesús reproduce al decir “sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”.

Ser santos con la santidad de Dios, o perfectos con su perfección, está absolutamente por encima de nuestras fuerzas, pero es posible si lo recibimos como don. Así pues, el mandamiento del amor no es una norma de obligado cumplimiento sino la posibilidad de participar de la vida divina, es la vida misma de Dios actuando en nosotros, que se ha revelado plenamente en la persona de Jesucristo. Es Jesús quien refleja y encarna (hace carne) la santidad y la perfección de Dios en nuestro mundo. Es él quien hace cercano y posible lo que parece imposible a las solas fuerzas humanas. Porque si aceptamos la revelación y el don de Dios y su presencia encarnada en Jesús de Nazaret, si lo dejamos entrar en nuestra vida, es claro que algo ha de cambiar en nosotros. Y no de manera mágica, automática, sin nuestra participación. A partir del don del amor de Dios, la dimensión moral tiene también cabida como respuesta positiva a ese don. Dios apela a nuestra libertad, que es responsabilidad, esto es, respuesta a una llamada previa.

Si hemos de ser reflejo de la santidad de Dios que nos ha iluminado, esto ha de expresarse en actitudes nuevas, que la Palabra de Dios hoy desglosa con detalle. La primera de todas consiste en desterrar de nuestro corazón el odio. No “odiar de corazón a tu hermano” significa que, aunque surjan en nosotros sentimientos negativos (como cuando nos sentimos injustamente tratados, ofendidos, etc.) no debemos permitir que ese sentimiento de odio se instale en nuestro corazón, que dirija nuestros pensamientos y acciones. Antes bien, ante el mal procedente de nuestro prójimo, la respuesta adecuada (a la santidad de Dios reflejada en nosotros) ha de ser la de corregir al hermano, para que se enmiende. Es una manera concreta de responder al mal con el bien.

El texto del Levítico pone aquí el acento en las relaciones con los más próximos, los familiares y, todo lo más, los miembros del pueblo de Israel. Jesús universaliza esta exigencia y la extiende a todos sin excepción. El primer paso de esta universalización consiste en superar la vieja ley del Talión, que impone una proporción en las relaciones de justicia, cuando se trata de resarcir un daño recibido. Esto supone un progreso, pues pone un límite al deseo de multiplicar la respuesta por la ofensa (como en la salvaje ley de Lamek, cf. Gn 4, 23-24). La experiencia dice que la venganza, incluso si se trata de contenerla en los límites de un daño proporcional, genera un dinámica diabólica y creciente, a no ser que se le oponga, por fin, un acto de positivo perdón. Jesús opone a la ley del Talión esas exigencias que nos parecen tan excesivas e imposibles, y se nos antojan como actitudes pasivas de cesión ante el mal y la injusticia, pero que, en realidad, una vez más, reflejan el modo en que Dios ha respondido al mal y al pecado humano. No se trata aquí, por tanto, de prescripciones jurídicas que dejan impune el crimen, sino de la adopción de actitudes activas, que tratan de responder al mal con el bien.

Frente a la medida del Talión, ya el libro del Levítico nos propone una medida positiva: amar al prójimo como a sí mismo. También hay que amarse a sí mismo rectamente: tenemos la obligación de procurar nuestro propio bien, de corregir nuestros defectos, y de cuidar y desarrollar el don que Dios ha depositado en nosotros. Esa medida es la que tenemos que aplicar con nuestros prójimos. La segunda parte de la cita que Mateo pone en boca de Jesús: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo” no es posible encontrarla en la antigua Ley, sino que expresa la pobreza de la lengua aramea, que usa el verbo aborrecer para indicar los límites del propio amor (aborrecer significa “no preferir”, “no gozar del favor”: cf. Gn 29, 31; Lc 14, 26). Es decir, si en el Antiguo Testamento la universalidad del amor está sólo implícitamente apuntada, y se manda amar a los propios, y limitar a la ley del Talión la respuesta a los enemigos, ahora Jesús amplía la categoría de “prójimos” a todos, enemigos incluidos. Y este imposible moral se hace posible sólo si miramos a los demás desde el prisma de Dios, Padre de Jesús y Padre de todos.

Es claro que el amor de que se habla aquí no es un mero sentimiento de simpatía, una especie de “buenismo” que cierra los ojos a los conflictos y las enemistades. ¿Cómo entender este amor que Jesús nos recomienda y nos revela en su propia persona? Ante todo, el amor es la afirmación del otro en cuanto tal; y esta afirmación incluye toda una serie de matices que empiezan por el respeto. Amar al enemigo significa renunciar a instalarse en el odio, que conlleva la negación del otro y que va desde ignorarlo y excluirlo hasta su destrucción. Sin negar que exista la enemistad por multitud de motivos, mirando al otro desde el prisma de Dios Padre, descubro en él a un hermano y potencial amigo. Por ello, sin renunciar tal vez a la justicia, no dejaré de tenderle la mano si se encuentra en necesidad, de reconciliarme con él me ofrece la posibilidad, y de orar por él si esta es la única alternativa que queda. Esta recomendación es de extraordinaria utilidad en estos tiempos en que crece la hostilidad hacia el cristianismo y se multiplican en muchos lugares actitudes de persecución (cruenta o incruenta) contra los creyentes. Es la ocasión de responder en genuino sentido cristiano, de poner a prueba la autenticidad de nuestra fe, de purificarla si es que la hemos ido reduciendo a una serie de actitudes culturales y a ciertas convicciones teológicas y morales más o menos aburguesadas, sin la radicalidad propia del Sermón de la montaña.

La capacidad de descubrir en nuestros enemigos a nuestros hermanos, hijos del mismo Padre, habla de esa cualidad del amor que es como una luz que descubre valores escondidos, que una mirada desprovista de amor es incapaz de percibir. El verdadero amor no sólo no es ciego, sino que es, por el contrario, el colmo de la lucidez. La perfección del nuestro Padre celestial a la que nos llama Jesús (y que él mismo porta en sí) es la de un amor que no se limita a las normas de convivencia de un grupo cerrado sobre sí mismo, sino que rompe fronteras y establece lazos incluso allí donde esto parece imposible.

Reflejar en nosotros la perfección del amor de Dios nos convierte, como nos recuerda Pablo, en templos de Dios, en los que habita el Espíritu Santo, el Espíritu del Amor. No es tanto un privilegio cuanto un don y una responsabilidad. ¿Cómo habremos de comportarnos para conservar y transmitir esa presencia en nosotros? A tenor de las palabras de Pablo hoy, podemos hacer una observación sobre las consecuencias del mandamiento del amor universal dentro de la Iglesia, cuerpo de Cristo. Parece un contrasentido que, al tiempo que proclamamos la universalidad del amor, nos dediquemos a construir capillas dentro de la Iglesia, que compiten entre sí y se excluyen mutuamente. “Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro” podemos entenderlo hoy como la diversidad de caminos de espiritualidad, carismas, movimientos, tendencias (jesuitas y dominicos, focolares y neocatecumentales, Opus Dei y Cristianos por el Socialismo, conservadores y progresistas…), todos, si somos cristianos, esto es, de Cristo, hemos de trabajar por reconocernos, apreciarnos, amarnos unos a otros, ser generosos y benevolentes unos con otros, practicando, si procede, la corrección fraterna –corrigiendo, pero también dejándonos corregir, para, desde esa sabiduría del amor y esa suprema libertad, dar un testimonio concorde y unánime del único Señor y Dios al que pertenecemos.

sábado, 15 de febrero de 2014

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

Mateo 5: 17 - 37

17«No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.18 Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda.19 Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.20«Porque os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.21«Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal.22 Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano "imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que le llame "renegado", será reo de la gehenna de fuego.23 Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti,24 deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda.25 Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel.26 Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo.27«Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio.28 Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón.29 Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna.30 Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo vaya a la gehenna.31«También se dijo: El que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio.32 Pues yo os digo: Todo el que repudia a su mujer, excepto el caso de fornicación, la hace ser adúltera; y el que se case con una repudiada, comete adulterio.33«Habéis oído también que se dijo a los antepasados: No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos.34 Pues yo digo que no juréis en modo alguno: ni por el Cielo , porque es el trono de Dios,35 ni por la Tierra, porque es el escabel de sus pies; ni por Jerusalén , porque es la ciudad del gran rey.36 Ni tampoco jures por tu cabeza, porque ni a uno solo de tus cabellos puedes hacerlo blanco o negro.37 Sea vuestro lenguaje: "Sí, sí"; "no, no": que lo que pasa de aquí viene del Maligno.

Palabra del Señor

Evangelio Comentado por: José Antonio Pagola
San Mateo (5,17-37)

                                                     NO A LA GUERRA ENTRE 
NOSOTROS

Los judíos hablaban con orgullo de la Ley de Moisés. Según la tradición, Dios mismo la había regalado a su pueblo. Era lo mejor que habían recibido de él. En esa Ley se encierra la voluntad del único Dios verdadero. Ahí pueden encontrar todo lo que necesitan para ser fieles a Dios.

También para Jesús la Ley es importante, pero ya no ocupa el lugar central. Él vive y comunica otra experiencia: está llegando el reino de Dios; el Padre está buscando abrirse camino entre nosotros para hacer un mundo más humano. No basta quedarnos con cumplir la Ley de Moisés. Es necesario abrirnos al Padre y colaborar con él en hacer una vida más justa y fraterna.

Por eso, según Jesús, no basta cumplir la ley que ordena “No matarás”. Es necesario, además, arrancar de nuestra vida la agresividad, el desprecio al otro, los insultos o las venganzas. Aquel que no mata, cumple la ley, pero si no se libera de la violencia, en su corazón no reina todavía ese Dios que busca construir con nosotros una vida más humana.

Según algunos observadores, se está extendiendo en la sociedad actual un lenguaje que refleja el crecimiento de la agresividad. Cada vez son más frecuentes los insultos ofensivos proferidos solo para humillar, despreciar y herir. Palabras nacidas del rechazo, el resentimiento, el odio o la venganza.

Por otra parte, las conversaciones están a menudo tejidas de palabras injustas que reparten condenas y siembran sospechas. Palabras dichas sin amor y sin respeto, que envenenan la convivencia y hacen daño. Palabras nacidas casi siempre de la irritación, la mezquindad o la bajeza.

No es este un hecho que se da solo en la convivencia social. Es también un grave problema en la Iglesia actual. El Papa Francisco sufre al ver divisiones, conflictos y enfrentamientos de “cristianos en guerra contra otros cristianos”. Es un estado de cosas tan contrario al Evangelio que ha sentido la necesidad de dirigirnos una llamada urgente: “No a la guerra entre nosotros”.

Así habla el Papa: “Me duele comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aún entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odios, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?”. El Papa quiere trabajar por una Iglesia en la que “todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis”.

sábado, 8 de febrero de 2014

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

Evangelio 9 febrero 2014 color


Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,13-16):


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.»

Palabra del Señor

Evangelio Comentado por: 
José Antonio Pagola
San Mateo (5,13-16)

SALIR A LAS PERIFERIAS





Jesús da a conocer con dos imágenes audaces y sorprendentes lo que piensa y espera de sus seguidores. No han de vivir pensando siempre en sus propios intereses, su prestigio o su poder. Aunque son un grupo pequeño en medio del vasto Imperio de Roma, han de ser la “sal” que necesita la tierra y la “luz” que le hace falta al mundo.

“Vosotros sois la sal de la tierra”. Las gentes sencillas de Galilea captan espontáneamente el lenguaje de Jesús. Todo el mundo sabe que la sal sirve, sobre todo, para dar sabor a la comida y para preservar los alimentos de la corrupción. Del mismo modo, los discípulos de Jesús han de contribuir a que las gentes saboreen la vida sin caer en la corrupción.

“Vosotros sois la luz del mundo”. Sin la luz del sol, el mundo se queda a oscuras y no podemos orientarnos ni disfrutar de la vida en medio de las tinieblas. Los discípulos de Jesús pueden aportar la luz que necesitamos para orientarnos, ahondar en el sentido último de la existencia y caminar con esperanza.

Las dos metáforas coinciden en algo muy importante. Si permanece aislada en un recipiente, la sal no sirve para nada. Solo cuando entra en contacto con los alimentos y se disuelve con la comida, puede dar sabor a lo que comemos. Lo mismo sucede con la luz. Si permanece encerrada y oculta, no puede alumbrar a nadie. Solo cuando está en medio de las tinieblas puede iluminar y orientar. Una Iglesia aislada del mundo no puede ser ni sal ni luz.

El Papa Francisco ha visto que la Iglesia vive hoy encerrada en sí misma, paralizada por los miedos, y demasiado alejada de los problemas y sufrimientos como para dar sabor a la vida moderna y para ofrecerle la luz genuina del Evangelio. Su reacción ha sido inmediata: “Hemos de salir hacia las periferias”.

El Papa insiste una y otra vez: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrase a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termina clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos”.

La llamada de Francisco está dirigida a todos los cristianos: “No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos”. “El Evangelios nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro”. El Papa quiere introducir en la Iglesia lo que él llama “la cultura del encuentro”. Está convencido de que “lo que necesita hoy la iglesia es capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones”.

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sábado, 18 de enero de 2014

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68


Evangelio Jn 1, 29-34


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.

Juan Bautista vio acercarse a Jesús y dijo: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel”. Y Juan dio este testimonio: “He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo’. Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios”.



Palabra del Señor.
Comentario

No se trata sólo de ver a Jesús sino de ir más allá, de dejarse interpelar por él y conocerlo. Se trata de entrar en su misterio y que él mismo nos diga quién es. Juan no sólo lo vio, sino que además lo conoció y lo anunció.

sábado, 11 de enero de 2014

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

Lectura del santo evangelio según san Mateo (3,13-17):

En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo, diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?»  Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere.» Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. y vino una voz del cielo que decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto.»
Palabra del Señor

Evangelio Comentado por: José Antonio Pagola
San Mateo (3,13-17)

UNA NUEVA ETAPA

Antes de narrar su actividad profética, los evangelistas nos hablan de una experiencia que va a transformar radicalmente la vida de Jesús. Después de ser bautizado por Juan, Jesús se siente el Hijo querido de Dios, habitado plenamente por su Espíritu. Alentado por ese Espíritu, Jesús se pone en marcha para anunciar a todos, con su vida y su mensaje, la Buena Noticia de un Dios amigo y salvador del ser humano.

No es extraño que, al invitarnos a vivir en los próximos años “una nueva etapa evangelizadora”, el Papa nos recuerde que la Iglesia necesita más que nunca “evangelizadores con Espíritu”. Sabe muy bien que solo el Espíritu de Jesús nos puede infundir fuerza para poner en marcha la conversión radical que necesita la Iglesia. ¿Por qué caminos?

Esta renovación de la Iglesia solo puede nacer de la novedad del Evangelio. El Papa quiere que la gente de hoy escuche el mismo mensaje que Jesús proclamaba por los caminos de Galilea, no otro diferente. Hemos de “volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio”. Solo de esta manera, “podremos romper esquemas aburridos en los que pretendemos encerrar a Jesucristo”.

El Papa está pensando en una renovación radical, “que no puede dejar las cosas como están; ya no sirve una simple administración”. Por eso, nos pide “abandonar el cómodo criterio pastoral del siempre se ha hecho así” e insiste una y otra vez: “Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades”.

Francisco busca una Iglesia en la que solo nos preocupe comunicar la Buena Noticia de Jesús al mundo actual. “Más que el temor a no equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: Dadles vosotros de comer”.

El Papa quiere que construyamos “una Iglesia con las puertas abiertas”, pues la alegría del Evangelio es para todos y no se debe excluir a nadie. ¡Qué alegría poder escuchar de sus labios una visión de Iglesia que recupera el Espíritu más genuino de Jesús rompiendo actitudes muy arraigadas durante siglos! “A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa del Padre donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas”.

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sábado, 14 de diciembre de 2013

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68


Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Mateo (11,2-11):

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» 
Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!» 
Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: "Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti." Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.»

Palabra del Señor


No tenemos que seguir esperando

El tercer domingo de Adviento es una llamada a la alegría por la proximidad de la Navidad: es el domingo “Gaudete”, “alegraos”. En Rusia, cuando empieza a apretar el frío, hacia mediados o finales de octubre, la gente suele decir “huele a nieve”. En este Domingo de Adviento “huele a Navidad”, ya casi se toca el nacimiento de Jesús. Y, como dice el refrán, lo mejor de la fiesta es la víspera, porque ya empezamos a sentir anticipadamente la alegría que ésta trae consigo. 

Con respecto al domingo anterior se produce una interesante inversión de perspectiva. Hace una semana mirábamos con Juan hacia el futuro, hacia el que “tiene que venir”, pero que todavía no ha aparecido. En este Domingo Jesús se para a mirar a Juan; el anunciado, que ya ha venido, homenajea al precursor. Mucho se ha especulado y escrito sobre las relaciones entre Jesús y Juan. ¿Fue Jesús un discípulo de Juan? ¿Estuvieron tal vez vinculados los dos al movimiento esenio? También puede ser que Juan no conociera previamente a ese “más grande” que él (cf. Jn 1, 31), y que Jesús se acercara al profeta del Jordán como un judío más entre los muchos que acudían a su llamada al bautismo de conversión. Lo que sí parece claro es que algunos discípulos de Juan se convirtieron en discípulos de Jesús (cf. Jn 1, 35-38), mientras que otros siguieron vinculados a este profeta todavía del Antiguo Testamento, pero que señala ya el camino del Nuevo, ante el que él tiene que ceder. 

Al final, pese a su popularidad y su fuerza, Juan es aplastado por los poderes del mal, ya que él no sólo anuncia la venida del Mesías, sino que denuncia todo aquello que se opone al Reino de Dios, como es la arbitrariedad del tiranuelo Herodes. Juan decrece, mientras el movimiento en torno a Jesús va en aumento. Así se cumple lo que Juan mismo había profetizado.

Pero he aquí que le asaltan dudas. Posiblemente, como a tantos otros judíos de su tiempo, el mesianismo de Jesús le choca, no corresponde con sus expectativas, con lo que él se había imaginado: un mesianismo de fuerza, de castigo de los pecadores, de derrocamiento de los poderes injustos… En la cárcel, impotente, envía un mensaje a Jesús. “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” Una pregunta tremenda para el que había dicho “Este es el Cordero de Dios”. ¿Cómo se explica esto? ¿Es que acaso no conocía a Jesús? ¿No lo había ya reconocido? ¿No se habría equivocado, no habrían sido en vanos todos sus esfuerzos, incluido su sacrificio final que lo encierra en la cárcel y lo llevará a la muerte? 

Vemos que incluso los profetas, pese a su clarividencia, y puesto que son hombres de fe, tienen un proceso que no excluye las dudas. La pregunta es tremenda más por la segunda parte que por la primera. Seguir esperando… cuando creíamos que ya había venido “el que había de venir”, el objeto de nuestra espera, de nuestra esperanza. Tener que seguir esperando se antoja una terrible cuesta arriba cuando se había vislumbrado el fin de la larga espera. Si tenemos que esperar a otro, de nuevo se abre el horizonte incierto, el futuro sin fondo, el cansancio de un camino que parece no tener fin. 

Esta experiencia, que tal vez atormentaba a Juan más que la prisión y la amenaza de muerte, se repite de muchas formas en nuestra vida. En el estudio, el trabajo, el matrimonio, la vida cristiana. Empezamos llenos de alegría, de algo que es más que esperanza, pues tenemos la sensación de que, por fin, hemos encontrado aquello a lo que aspirábamos, el objeto de nuestros deseos, la persona que ha de colmar nuestra vida, la fe que nos ilumina… Y después… llega la rutina, las desilusiones, el tedio. No era esto lo que había imaginado y, desde luego, no era tal y como me lo había imaginado. ¿No me habré equivocado? ¿Era este mi camino o tendré que buscar otro? Parece que se nos nubla la mirada y lo que antes nos parecía claro y evidente se hace problemático y opaco. 

La respuesta de Jesús a la pregunta de Juan también nos vale a nosotros. Jesús hace de profeta para el profeta. De hecho su respuesta es una cita de los textos proféticos, sobre todo de Isaías, que anuncian la presencia del Reino de Dios: los ciegos ven, los cojos andan, la tristeza se convierte en alegría, la debilidad en fuerza, la cobardía en valentía. Juan tiene que entender bien la respuesta indirecta de Jesús, que no habla de sí, sino de lo que Dios está haciendo por medio de Él. Jesús invita a Juan a participar de esa alegría que él mismo ha anunciado. Aunque el estilo de Jesús no es exactamente lo que Juan había imaginado, la respuesta que recibe es un pleno espaldarazo de su ministerio: por un lado los oráculos proféticos se realizan en Jesús. Por el otro, ¿no había anunciado el mismo Juan a uno “más grande que yo”? Pues esta grandeza mayor se realiza, pero no en la línea de la fuerza, la amenaza de castigo o el miedo, sino en la de la misericordia, el perdón y la alegría. Puede ser que no fuera como él se imaginaba, pero es claro que las profecías se están cumpliendo en Jesús. Y es que Dios siempre es capaz de sorprendernos y supera con creces nuestra imaginación. 

Por otro lado, Jesús reconoce el gran papel que Juan ha realizado, al que tenía en un altísimo concepto. Podemos imaginarnos la sorpresa que la alabanza de Jesús a Juan tuvo que causar entre sus oyentes: si no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista, significa que Juan es más grande que Abraham, que Moisés, que David. Todo el universo religioso judío, la ley y los profetas, se quedaban pequeños ante ese postrer profeta que, pese a la conmoción que produjo su aparición, no dejaba de ser a los ojos de sus contemporáneos un personaje marginal en el conjunto de la historia de Israel. La sorprendente alabanza de Jesús contiene, sin embargo, un profundo contenido cristológico y sólo desde él adquiere todo su sentido: la grandeza de Juan consiste en haber llevado hasta el final el largo camino que desde la antigua alianza conduce a la realización de las promesas. 

Pero con Juan termina un mundo y una historia que, en forma de promesa, apuntan a Cristo, con y en quien se inaugura la cercanía del Reino de Dios. Juan es, en la historia de la salvación, el último de los siervos fieles que han preparado el camino al Mesías y han hecho así posible la inauguración de una nueva alianza. 

El más pequeño en el reino de los cielos es más grande que Juan. Cualquiera de nosotros, sin tener la enorme estatura de Juan el Bautista, tiene la posibilidad de gozar de aquello que Juan y toda su tradición religiosa anunció sin llegar a disfrutar, tenemos acceso al que cumple las promesas: escuchamos su Palabra, nos sentamos con él a su mesa. Somos más grandes que Juan no por nuestra justicia, sino porque disfrutamos de la gracia de Dios, de la presencia del novio, de la cercanía del Hijo. 

Pero el verdadero “pequeño” del Reino de los Cielos y más grande que Juan es, en realidad, el mismo Jesús. Es el pequeño porque es el Hijo. Y es que la nueva alianza no está basada en la ley sino en la filiación. Y Él es del que Juan dijo que viene detrás de mí uno que es más grande que yo. 

Nosotros somos más grandes que Juan en cuanto estamos unidos a Cristo. Vivir en Él es el mejor homenaje que podemos hacerle a Juan (y todos nosotros hemos tenido un Juan el Bautista en nuestra vida). Porque nosotros somos los objetos de la profecía realizada con que Jesús confirma a Juan que él es el Mesías: somos los ciegos que ven, los cojos que andan, los sordos que oyen, los pobres a los que se anuncia la buena noticia. 

Sin embargo, siempre se puede objetar que, a pesar de los signos de la presencia del Reino de Dios, muchas cosas siguen igual. El cambio no es tan radical como para desterrar de una vez y para siempre el mal, la violencia, la injusticia y el sufrimiento (sigue habiendo ciegos, cojos, sordos y pobres). La realización no es tan espectacular como esperábamos, como nos hubiera gustado. Por ahí pueden surgir también las dudas, los interrogantes. La cuestión es que con Jesús ha comenzado una nueva historia, una nueva forma de relación con Dios, con los demás, con la naturaleza, con nosotros mismos. Pero esta posibilidad abierta es también cosa nuestra. Hemos recibido la gracia de la presencia entre nosotros del esperado de los tiempos, del Hijo de Dios, pero es tarea nuestra reconocerlo, acogerlo, confesarlo, caminar en su seguimiento. Esta realidad es como una semilla que ha sido depositada en nosotros y que tenemos que cuidar para que germine, crezca y dé fruto. Por eso es tan importante la paciencia, virtud estrechamente emparentada a la esperanza, y que se traduce además en la perseverancia. En este mundo de prisas e impaciencias, en que sabemos muy bien exigir (quejarnos unos de otros) y queremos adquirir productos listos para el consumo, Jesús (y Santiago, en la segunda lectura) nos exhortan a adoptar actitudes difíciles pero auténticas, que nos ponen en contacto con las raíces de la vida que crece en nosotros. 

¿Cómo traducir esto a nuestra vida cotidiana? Jesús cura nuestra ceguera y nos abre los ojos para el bien que, pese a todo, existe a nuestros alrededor, en lo que hacemos, en las personas con las que vivimos; cura nuestra sordera y abre nuestros oídos a las necesidades de los demás; sana nuestra cojera para que nos pongamos en camino. Hay mucho más bien de lo que a veces nos empeñamos en percibir, y muchas posibilidades inesperadas que, para crecer, necesitan la “lluvia temprana y tardía” de nuestra confianza, paciencia, perseverancia y fidelidad. Así pues, alegrémonos, y dichosos nosotros si no nos escandalizamos del Él.

sábado, 7 de diciembre de 2013

La fiesta de la Inmaculada Concepción de María. ¿Por qué se celebra la Inmaculada Concepciónd de María? ¿Qué quiere decir? ¿Qué día se festeja?

                                                     

Diciembre 8: Día de la Inmaculada Concepción. 

Ella, desde el momento en que fue concebida por sus padres, por gracia y privilegios únicos que Dios le concedió, fue preservada de toda mancha del pecado original.

En nuestra sociedad, la pureza tiene dos valores opuestos. Mientras la droga más pura es la más cara y todos buscan el detergente que deje la ropa más blanca, muy pocos se preocupan de mantener su alma y su vida pura, de cara a la vida eterna. Incluso, quienes se confiesan seguido son a veces criticados, y se les califica despectivamente de "mochos". La Virgen María nos invita a vivir este ideal de pureza, aunque para ello tengamos que ir "contra corriente."


Historia.

El 8 de diciembre de 1854, el Papa Pío IX, promulgó un documento llamado "Ineffabilis Deus" en el que estableció que el alma de María, en el momento en que fue creada e infundida, estaba adornada con la gracia santificante.

Desde entonces, esta es de las verdades que los católicos creemos, aunque a veces, no entendamos. Es lo que se llama Dogma o artículo de fe.

La Virgen María fue "dotada por Dios con dones a la medida de su misión tan importante" (Lumen Gentium). El ángel Gabriel pudo saludar a María como "llena de gracia" porque ella estaba totalmente llena de la Gracia de Dios. 

Dios la bendijo con toda clase de bendiciones espirituales, más que a ninguna otra persona creada. Ella es "redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo". (LG, n. 53)

La devoción a la Inmaculada Concepción es uno de los aspectos más difundidos de la devoción mariana. Tanto en Europa como en América se adoptó a la Inmaculada Concepción como patrona de muchos lugares.

María tiene un lugar muy especial dentro de la Iglesia por ser la Madre de Jesús. Sólo a Ella Dios le concedió el privilegio de haber sido preservada del pecado original, como un regalo especial para la mujer que sería la Madre de Jesús y madre Nuestra.

Con esto, hay que entender que Dios nos regala también a cada uno de nosotros las gracias necesarias y suficientes para cumplir con la misión que nos ha encomendado y así seguir el camino al Cielo, fieles a su Iglesia Católica.

Podemos aprender que es muy importante para nosotros recibir el Bautismo, que sí nacimos con la mancha del pecado original. Al bautizarnos, recibimos la gracia santificante que borra de nuestra alma el pecado original. Además, nos hacemos hijos de Dios y miembros de la Iglesia. Al recibir este sacramento, podemos recibir los demás.

Para conservar limpia de pecado nuestra alma podemos acudir al Sacramento de la Confesión y de la Eucaristía, donde encontramos a Dios vivo.

Hay quienes dicen que María fue una mujer como cualquier otra y niegan su Inmaculada Concepción. Dicen que esto no pudo haber sido posible, que todos nacimos con pecado original. En el Catecismo de la Iglesia Católica podemos leer acerca de la Inmaculada Concepción de María en los números 490 al 493.

El alma de María fue preservada de toda mancha del pecado original, desde el momento de su concepción.

María siempre estuvo llena de Dios para poder cumplir con la misión que Dios tenía para Ella.

Con el Sacramento del Bautismo se nos borra el pecado original.

Dios regala a cada uno de nosotros las gracias necesarias y suficientes, para que podamos cumplir con la misión que nos ha encomendado.

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Mateo (3,1-12):

Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.»
Éste es el que anunció el profeta Isaías, diciendo: «Una voz grita en el desierto: "Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos."» 
Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados; y él los bautizaba en el Jordán. 
Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizará, les dijo: «¡Camada de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: "Abrahán es nuestro padre", pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.»

Palabra del Señor

¿En dónde están los profetas?

Los profetas alimentaron la esperanza de Israel, especialmente en los momentos de postración y derrota, en aquellos en los que era más fácil caer en la desesperación. Los oráculos proféticos, que denuncian la injusticia y la infidelidad del pueblo como causa de sus propios males, no se limitan a señalar la actual situación de derrota y humillación como justa consecuencia del mal comportamiento, sino que reafirman la voluntad salvífica de Dios, manifestada en el perdón y la rehabilitación del pueblo. Allí donde reina la destrucción, puede resurgir la vida, del tronco seco y en apariencia muerto puede brotar un renuevo.

Si ese renuevo brota del tronco de Jesé, quiere decirse que Dios restablece la promesa davídica, en apariencia condenada a la desaparición a causa de la infidelidad de los sucesores de David. Los profetas son capaces de soñar cuadros que nos pueden parecer utopías idílicas, más propias de soñadores ilusos que de personas realistas. Sin embargo, lo que describen los profetas, como hoy la poesía de Isaías, no son sueños fatuos, sino aquello a lo que aspira en el fondo el corazón humano, que ellos saben leer como nadie, y que ven como el cumplimiento de las promesas de Dios, como el fruto de una fidelidad divina que supera con creces todas las infidelidades de la monarquía, del pueblo, del hombre en general. Pero esto no quiere decir que se trate de un cumplimiento mágico, en el que todo se convertirá de repente en color de rosa sin cooperación alguna por parte del hombre. Se trata de un brote, de un renuevo, es decir, del comienzo de un proceso. Además, la vida que renace del tronco de Jesé es el resultado de un “espíritu”: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor; es el resultado de un modo de vida, el de aquel que es capaz de juzgar con justicia y rectitud, de oponerse con fuerza al mal. No está dicho que ese mundo nuevo y en paz nacerá sin oposición. Lo que el Profeta nos dice en realidad es que Dios no ha perdido la esperanza en la bondad del hombre (la semilla que Él mismo depositó en el corazón humano al crearlo) y que actúa para hacerlo brotar. La libertad y la responsabilidad humana no son ajenas a la “utopía”: es posible crear un mundo armónico y en paz, y hacer de él un paraíso si el hombre retorna a Dios y vive de acuerdo con la dignidad que de Él ha recibido.

Los profetas son los hombres capaces de ver en el desierto la posibilidad de un jardín, en la desgracia los signos de la presencia de Dios. Sus palabras superan con mucho las circunstancias históricas en que fueron pronunciadas o escritas.

Nosotros descubrimos en el oráculo profético de Isaías (cuyo trasfondo histórico es la invasión asiria de Senaquerib el 701 a.C.) el anuncio del nacimiento de Jesús, en quien el Espíritu de Dios habita en su plenitud y en torno al que empieza a hacerse verdad la profecía de un mundo en el que no reine la violencia. Él es el renuevo del tronco de Jesé, la restauración de la dinastía davídica, aunque se trata ahora de un reinado completamente distinto, no político, sino dirigido al corazón del hombre.

Juan, que pertenece al linaje de los profetas, surge cuando la profecía parecía haber muerto en Israel y es, por eso mismo, todo un signo de esperanza; además, su profecía breve e intensa, áspera y directa, supera a todos sus precedentes. Su ministerio profético tiene lugar en el desierto: el lugar de la aridez y la muerte, pero también el lugar de la experiencia genuina de Dios, de la purificación y la promesa. Su profecía no habla de una futura restauración, sino de un acontecimiento inminente. Por eso, su llamada a la conversión es dura y apremiante.

Precisamente en el desierto, y en un momento de máxima postración del pueblo elegido, sometido casi por entero a una potencia extranjera y gentil, Juan es capaz de ver los signos de una presencia inmediata. Esa presencia todavía no se ha descubierto, pero su inminencia urge a cambiar de actitud, a purificarse y prepararse para no dejar pasar la oportunidad que Dios nos brinda. Porque, de nuevo, no se trata de un acontecimiento que suceda sin participación alguna por parte nuestra. Aquí no caben automatismos. Juan avisa de que el proceso ya se ha iniciado, y de que está abierto a todos: no es algo para los puros, sino para los que, reconociendo su pecado, están dispuestos a purificarse. Se trata de una llamada personal que apela a la responsabilidad de cada uno. Por eso habla con tanta dureza a fariseos y saduceos, que ni reconocen su pecado ni, en consecuencia, están dispuestos a la purificación simbolizada en el bautismo. La mera pertenencia al pueblo de Israel (ser hijo de Abraham) no es suficiente para asegurarse la salvación. Da la impresión de que saduceos y fariseos acudían a Juan o por curiosidad o “por si acaso”, tal vez para controlar la actividad del díscolo profeta, que no se sometía a nadie. El caso es que carecían de una voluntad real de purificarse por dentro, de cambiar de vida y dar frutos de conversión.

Juan, el último y el más grande de los profetas, no es, sin embargo el vástago anunciado por Isaías, pese a que externamente su predicación básica se parece mucho a la de Jesús: “está cerca el Reino de los Cielos”. Pero mientras que Juan sólo presiente y prepara esa presencia ya cercana, Jesús es la realización de la misma. Es en él en quien se cumplen las antiguas promesas, los sueños de los profetas. Sabemos, una vez más, que no se trata de un cumplimiento triunfal, mágico, sin oposición, ni tampoco sin colaboración por nuestra parte. Juan nos advierte de los signos de lo que está por venir y de las disposiciones necesarias para acogerlo y colaborar a hacerlo realidad en nuestro mundo. Nos preparamos en medio de las contradicciones que nos rodean y que nos afectan personalmente: el mal existe, en el mundo, en nosotros mismos, y por eso la realización de las promesas, ya presentes en la persona de Jesús, se da en tensión, de forma agónica. Es una lucha que cada uno de nosotros debe sostener y que los seguidores de Cristo experimentan de múltiples formas. Pero, precisamente porque no es una pura promesa, sino una realidad ya operante, podemos percibir, en el espíritu del profetismo más genuino, los signos reales de esa presencia. El primero y el más importante de todos: la Palabra, que como dice Pablo de las antiguas Escrituras, que se escribieron para enseñanza nuestra, nos instruye e ilumina, “de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza”. En torno a la Palabra encarnada, que es el mismo Cristo, se congrega unánime (= con una sola alma) la comunidad, que en la acogida mutua, alaba a Dios. De esta forma, nosotros mismos nos convertimos en signos de esperanza para otros, para los desposeídos de esperanza, porque, aunque de manera imperfecta, en la voluntad de escuchar la Palabra, en la acogida de los otros sin distinción, esto es, en el amor, en el perdón recibido y otorgado, estamos haciendo fructificar el renuevo del tronco de Jesé, y haciendo verdad el sueño de los profetas, la verdad de un mundo en armonía y paz, tratando de hacer posibles esa paz y armonía en torno a nosotros, superando los prejuicios y las barreras que se alzan de tantas formas entre los hombres, descubriendo en todos ellos, judíos o gentiles, a aquellos para los que se hicieron las promesas del Dios fiel, que va al encuentro de los hombres, y que está ya cerca.

domingo, 1 de diciembre de 2013

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68



Del santo Evangelio según san Mateo 24, 37-44 


Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será también la venida del Hijo del hombre. Entonces, estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado; dos mujeres moliendo en el molino: una es tomada, la otra dejada. "Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre. 

Oración introductoria 

Gracias, Jesus, por hacerte hombre para redimirnos. ¿Qué demostración de amor puede haber más grande que ésta? Con tu Encarnación asumiste nuestra carne, ahora quiero ofrecerte mi vida entera. Concédeme, en esta oración, nunca ser indiferente ni mal agradecido a tantos dones y permíteme alcanzar de Ti la gracia de la perseverancia final. 

Petición ¡Ven, Señor, no tardes! ¡Ven que te esperamos! ¡Ven pronto, Señor! 

Meditación del Papa Francisco 

La vida no se nos da para que la conservemos celosamente para nosotros mismos, sino que se nos da para que la donemos. Queridos jóvenes, ¡tened un ánimo grande! ¡No tengáis miedo de soñar cosas grandes! 
Finalmente, una palabra sobre el pasaje del juicio final, en el que se describe la segunda venida del Señor, cuando Él juzgará a todos los seres humanos, vivos y muertos. La imagen utilizada por el evangelista es la del pastor que separa las ovejas de las cabras. A la derecha se coloca a quienes actuaron según la voluntad de Dios, socorriendo al prójimo hambriento, sediento, extranjero, desnudo, enfermo, encarcelado; mientras que a la izquierda van los que no ayudaron al prójimo. Esto nos dice que seremos juzgados por Dios según la caridad, según como lo hayamos amado en nuestros hermanos, especialmente los más débiles y necesitados.(S.S. Francisco, 24 de abril de 2013). 

Reflexión 

Entre las múltiples leyendas de la mitología griega, nos ha sido transmitida la del ave Fénix. Después de haber sido sacrificada, esta águila real, por una especial concesión de los dioses, fue capaz de rehacerse desde sus propias cenizas y recibir el don de la inmortalidad. Desde entonces, esta ave Fénix es símbolo de esperanza y de resurrección a una vida nueva, a pesar de los fracasos más rotundos de la existencia humana. 

Es curioso que los griegos hayan imaginado también esta leyenda, ya que su concepción de la vida era, más bien, un tanto trágica y pesimista. Sin embargo, gracias al cielo, nunca han faltado espíritus positivos en todas las culturas, ya que en el corazón del hombre anida un anhelo infinito de eternidad, y le es imposible vivir sin esperanza. Se asfixiaría. 

Hace ya tiempo escuché en la predicación de un santo sacerdote esta sentencia: "a medida que avanzamos por la vida, tenemos mayor necesidad de vivir con más esperanza". He de confesar que esas palabras me impresionaron, aunque tal vez no tenía por entonces muchas experiencias personales que ratificaran esa afirmación. A la vuelta de varios años –aunque todavía soy joven— me he dado cuenta de esta profunda verdad. 

No hay ninguna persona en este mundo sin sufrimiento. Pero cuando uno, como sacerdote, puede acercarse al mundo de las almas y penetrar en el fondo de su corazón, se da cuenta de la inmensidad de los sufrimientos físicos, morales y espirituales que afligen hoy a tantos seres humanos. Y creo que nadie como el sacerdote está mejor dotado para comprender y compartir esos sufrimientos. Porque el sacerdote no es sólo una persona con un gran sentido de humanidad; Dios ha querido colocarlo como un puente entre Él y los hombres para llevarlos a Él. Por eso, es capaz de amar de un modo puro, generoso y desinteresado a sus semejantes, de sentir una profunda simpatía por ellos, de compadecerse de sus dolores, y tratar de tenderles una mano y ayudarles en sus necesidades espirituales. Yo no sé si ésta será la experiencia de todos. Yo hablo por mí mismo y de mi propia experiencia. 

Hoy iniciamos el período del adviento. Y el adviento es, ante todo, un tiempo de espera y de esperanza. No es la misma cosa, aunque exista entre ellos un gran parentesco. Se puede esperar algo o a alguien, y no necesariamente tener la virtud de la esperanza cristiana. Ésta nace de una fe en Dios muy intensa, profunda y verdadera, que nos lleva a confiar ciegamente en su gracia, en su poder, y a esperar con certeza plena en el cumplimiento de todas sus promesas. 

¿Cuáles promesas? Las que nos ha revelado en la Sagrada Escritura y a través de nuestra santa madre, la Iglesia. Es decir, aquellas verdades que confesamos en nuestra fe y que se hallan contenidas en el credo. Pero, además, todo aquello que nuestro Señor Jesucristo nos prometió en el santo Evangelio y en lo que Dios nos transmitió por boca de sus profetas. 

Entre ellos, Isaías es el gran cantor de la esperanza, el profeta de la esperanza mesiánica por antonomasia. Y, aunque Isaías profetizó varios siglos antes de la llegada del Mesías, sus promesas son siempre actuales y perennes, pues llevan el sello de la eternidad de Dios. 

Hoy la Iglesia nos ofrece estas maravillosas palabras: "En días futuros, el monte de la casa del Señor será elevado en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas y hacia él confluirán todas las naciones. Acudirán pueblos numerosos, que dirán: -Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob, para que Él nos instruya en sus caminos y podamos marchar por sus sendas. Porque de Sión saldrá la ley; de Jerusalén, la palabra del Señor_... Él será el árbitro de las naciones y el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados y de las lanzas, podaderas; ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, ya no se adiestrarán para la guerra. ¡Venid, marchemos, caminemos a la luz del Señor!". 

Son palabras que se refieren a la llegada del Mesías. Pero, al mismo tiempo, promesas que están siempre en espera de un cumplimiento definitivo. Con el nacimiento de Jesús en Belén, Dios cumplió su promesa. Pero aún no hemos llegado a esa bendita edad de oro anunciada por el profeta. Es la paz que anhela profundamente nuestro corazón y por la que suspira todo nuestro ser. Es la paz que poseeremos plenamente en la vida futura, en donde "ya no habrá hambre, ni sed, ni caerá sobre ellos el sol ni calor alguno porque el Cordero, que está en medio del trono, los apacentará y los guiará hasta las fuentes de las aguas de la vida, y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos" (Ap 7, 16-17). 

A esa paz llegaremos al final de los tiempos, cuando Dios "cree unos cielos nuevos y una tierra nueva, y ya no se recuerde lo pasado...". Entonces nos gozaremos en "un gozo y alegría eternas" ante lo que Dios va a crear para nosotros (Is 65, 17ss). 

Pero, para llegar a esa paz y a esa dicha bienaventurada, tenemos que preparar ya desde ahora nuestro corazón y tratar de vivir con el corazón en el cielo. Y con los pies sobre la tierra. Nuestro Redentor está para llegar esta Navidad, y necesitamos preparar nuestra alma para su próxima venida. 

Hemos de disponer nuestros corazones con la oración y la vigilancia –como nos recomienda hoy el Señor en el Evangelio— para poder vivir dignamente, en estado de gracia y en amistad con Él. Fue éste mismo el consejo que nos dejó antes de su Pasión: "Vigilad y orad para que no caigáis en tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es flaca" (Mt 26, 41). 

Propósito 

Si vivimos así, nuestra esperanza no será un idealismo utópico, sino una actitud existencial realista y un comportamiento cristiano personal y exigente. Así podremos prepararnos dignamente para la doble venida del Señor: en el tiempo y en la eternidad. 

Y entonces seremos mucho más que un ave Fénix. Seremos como ángeles y gozaremos de la compañía de Dios, dichosos y felices por los siglos de los siglos.