domingo, 27 de octubre de 2013

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

Evangelio según San Lucas 18,9-14. 

Y refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola: 
"Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. 
El fariseo, de pie, oraba así: 'Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. 
Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas'. 
En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: '¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!'. 
Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado". 


Leer el comentario del Evangelio por  
San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia 
Discurso sobre los salmos, Salmo 85, 2-3

“Dios mío, ten compasión de mí que soy un pecador.”

“Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy humilde y pobre.” (Sal 85,1) El Señor no inclina su oído al rico sino al pobre y miserable, al que es humilde y confiesa sus faltas, al que implora la misericordia. No se inclina al satisfecho que se jacta y se envanece como si nada le faltara y que dijo: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como el resto de los hombres,... ni como ese publicano.” (Lc 18,11) El rico fariseo exhibía sus méritos, el pobre publicano confesaba sus pecados.

Todos los que rechazan el orgullo son pobres delante de Dios y sabemos que Dios tiende su oído hacia los pobres y los indigentes. Reconocen que su esperanza no puede apoyarse ni en oro o plata ni en sus bienes que, por un tiempo, enriquecen su morada... Cuando un hombre menosprecia en sí todo aquello que infla el orgullo es pobre ante Dios. Dios inclina hacia él su oído porque conoce los sufrimientos de su corazón.

Aprended, pues, a ser pobres e indigentes, teniendo o no teniendo bienes de este mundo. Uno puede encontrar a un mendigo orgulloso y a un rico convencido de su miseria. Dios se niega a los orgullosos, tanto si van vestidos de seda o cubiertos de harapos. Otorga su gracia a los humildes, sean o no notables de este mundo. Dios mira lo interior: aquí examina y juzga. Tú no ves la balanza de Dios. Tus sentimientos, tus proyectos, los mete en el platillo... ¿Hay a tu alrededor o dentro de ti algún objeto que estás tentado a retener para ti?

¡Recházalo! Que sólo Dios sea tu seguridad. ¡Estad hambrientos de Dios para que él os sacie!

lunes, 21 de octubre de 2013

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68


Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,1-8):

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: "Hazme justicia frente a mi adversario." Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: "Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara."»
Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»

Palabra del Señor


¿Encontrará esta fe en la tierra? ¿Qué fe es ésta?

La pregunta con la que termina Jesús hoy su breve pero densa catequesis sobre la oración es inquietante. Vivimos tiempos en los que parece que, al menos en nuestro mundo occidental, la fe va enflaqueciendo, disminuyendo a ojos vista, convirtiéndose en algo marginal incluso, para muchos, exótico y estrambótico. Pero Jesús no pregunta si cuando vuelva encontrará fe en la tierra, sino precisamente esta fe. No le preocupan sobre todo las estadísticas religiosas, la cantidad de los que se declaran creyentes y van a la Iglesia, pues su pregunta se refiere más a la calidad (¿encontrará esta fe?) que a la cantidad (¿encontrará fe en general?).

Se trata de si, más allá de los datos sociológicos, será posible encontrar esa fe de los que confían de verdad en Dios, de los que creen que Dios escucha sus ruegos y hace justicia a los que le gritan día y noche.

Esta afirmación tajante de Jesús suscita en muchos de nosotros una cierta desazón, pues si no fuera porque lo dice Jesús, nos sentiríamos inclinados a impugnarla o, al menos, a rebajar mucho su alcance. Todos podríamos ofrecer evidencias en contrario: la experiencia del silencio de Dios, que parece no escuchar nuestros ruegos, que no los responde, incluso cuando están hechos de manera desinteresada, en sintonía con el espíritu cristiano y con la fe de la Iglesia. El silencio de Dios resulta a veces desesperante.

Posiblemente los propios discípulos de Jesús tenían en ocasiones una impresión parecida. No es difícil imaginar que ellos oraban cotidianamente con Jesús y en torno a Él: entonaban salmos y cantaban himnos, también unirían sus voces a la de Jesús para elevar a Dios la plegaria del Padrenuestro que Él mismo les había enseñado. Y, pese a todo, no dejaban de experimentar las dificultades de la vida, las penurias del seguimiento, las oposiciones, acompañadas de fuertes amenazas y peligros. Y puede ser que se plantearan más de una vez, incluso en voz alta, la duda de si ese buen Dios y Padre del que les hablaba Jesús estaba realmente pendiente de ellos, pendiente de Aquel que se decía Hijo y enviado suyo.

Es significativo que Jesús dirige esta catequesis a sus discípulos y no a la masa; se dirige a nosotros, los creyentes, para invitarnos a comprobar la calidad de nuestra fe, si “creemos en general” o tenemos esta fe, la de los hijos que confían en que Dios está pendiente de ellos y los escucha. Para iluminar de qué fe se trata, nos cuenta una breve historia edificante. Se trata de un juez que no sólo es un mal juez, es un auténtico canalla. No es posible no atender a la extrema dureza con la que Jesús describe al primer protagonista de la historia: ni temía a Dios ni le importaban los hombres. No temer a Dios en una sociedad religiosa como aquella era un pecado extremo, y especialmente para un juez que desempeñaba una función directamente religiosa. No temer a Dios no es lo mismo que no creer en Él, pero en la práctica es casi igual: es vivir como si Dios no existiera. “Largo me lo fiáis”, dice el impío Juan Tenorio; pero tales personajes toman la voz con frecuencia en el Antiguo Testamento: “No tengo miedo a Dios ni en su presencia. Se hace la ilusión de que su culpa no será descubierta ni aborrecida” (Sal. 35); “Ellos dicen: ¿Es que Dios lo va a saber, se va a enterar el Altísimo?” (Sal. 72). Y si alguien no teme a Dios, tanto menos le han de importar los hombres. Pese a la sensibilidad actual para la solidaridad, también esta actitud de indiferencia, ignorancia culpable y hasta desprecio por los demás, incluso por aquellos con los que tenemos obligaciones concretas, abunda en nuestro tiempo. Pues bien, hasta un individuo de esta pésima catadura, modelo de maldad antigua y moderna, acaba haciendo justicia ante la insistencia de la viuda, expresión del extremo desamparo, y que, por cierto, no pide favores ni limosnas, sino que se le haga justicia. Es verdad que las motivaciones del juez no son precisamente muy limpias, pues cumple para quitarse de en medio una molestia. Pero, al fin y al cabo, en el ámbito de la ley, no importa tanto la motivación del que la imparte, sino el que lo haga de manera conforme a las leyes.

La historia del juez injusto y la pobre viuda ilustra y pone de relieve la importancia de la perseverancia y la insistencia. Es preciso orar siempre y sin desanimarse. Esa constancia y fidelidad, que desafía las evidencias, es signo de una fe que confía y espera. Si esa insistencia es eficaz incluso en el caso de los malvados, como ese juez, tanto más, ha de ser acogida por Aquel que está pendiente de los suyos que le gritan día y noche. Ante la evidencia de que a veces Dios parece no escuchar nuestras peticiones, cabe preguntar, ¿pedimos con insistencia, gritando día y noche? Pues no basta con que dirijamos ocasionalmente un leve pensamiento hacia Dios mandándole un recado, expresándole algún deseo, mientras nuestra mente y nuestro corazón están casi completamente ocupados en otros asuntos, en los que, por cierto, apenas le damos cabida a ese Dios del que exigimos pronta respuesta.

Hasta ahora nos hemos referido a la oración de petición. Jesús mismo nos ha dado pie a ello. Y nos ha dicho que Dios no nos dará largas, nos hará justicia sin tardar. Ante la impresión de que no siempre es así, reconociendo que nuestra oración no siempre es lo suficientemente confiada y perseverante, podemos tratar de comprender, a tenor de las palabras de Cristo, cómo nos escucha Dios.

Su aparente silencio tiene mucho que ver con los ritmos diferentes de nuestro tiempo y el tiempo de Dios (si puede hablarse así). En el silencio de Dios ante muchas de nuestras peticiones ya nos está diciendo una cosa muy importante: Él no se deja manipular por nosotros, no es un talismán mágico al servicio de nuestros intereses, ni el recurso de última instancia cuando los nuestros se han revelado insuficientes o ineficaces (si hubieran sido suficientes y eficaces, muy posiblemente hubiéramos preservado celosamente el espacio de nuestra autonomía a cualquier intromisión, incluida la de Dios). Al fomentar nuestra perseverancia, Dios favorece que le abramos el alma, de manera que nos pueda dar mucho más de lo que podemos pedir o imaginar. De este modo, Dios va respondiendo a nuestras necesidades más hondas, no siempre expresadas en la oración: nos va transformando poco a poco en la medida en que le damos acceso a nuestro interior.

El ensanchamiento del alma y del corazón nos abre además a las necesidades de los demás. Esto nos cura del egoísmo que también puede darse en la vida espiritual, cuando nos ocupamos de pedirle a Dios por nosotros y por los nuestros, mientras permanecemos indiferentes a las necesidades de los demás, del mundo, de la Iglesia, de los que sufren de múltiples formas. Y es que la verdadera oración de petición no puede no ser, al mismo tiempo, una oración de intercesión, en la que nos ponemos ante Dios como intermediarios de la humanidad entera.

Al contemplar a Moisés intercediendo ante Dios por su pueblo en peligro, en la cima de la montaña con los brazos en cruz, no podemos no descubrir en él la figura del gran y único intercesor entre Dios y los hombres, Jesucristo, que en la cima del monte, clavados sus brazos en la cruz, intercede ante el Padre por todos nosotros, invocando el perdón para sus verdugos, gritando la desesperación y la oscuridad de los que se creen abandonados de Dios, entregando finalmente su espíritu confiadamente en las manos del Padre. Jesús es para nosotros modelo de oración en toda su vida, desde el nacimiento hasta la muerte. Al contemplarlo, especialmente al considerar su trágico final, podríamos preguntarnos si no le pasó a él, que nos exhorta a orar sin desfallecer, lo que nos pasa a nosotros: que “habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte” (Hb 5, 7), finalmente no fue escuchado, puesto que acabó muriendo ignominiosamente en la cruz. Y, sin embargo, la carta a los Hebreos dice que “fue escuchado por su actitud reverente”. Los ruegos y súplicas de Jesús hallaron respuesta no en una salvación provisional del suplicio de la cruz, sino en la victoria definitiva sobre el mal y la muerte en la Resurrección.

Así pues, si queremos orar con perseverancia, sin desfallecer, con plena confianza, tenemos que orar en Cristo, identificándonos con Él, haciendo nuestros sus mismos sentimientos, “que siendo de condición divina… se despojó de su rango… y se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2, 6-8). Haciendo nuestros los sentimientos de Cristo aprenderemos a pedir a Dios lo que Él quiere que le pidamos, y también a pedirle en nuestra necesidad, pero con la disposición con que pedía Cristo en la suya: “Padre, si es posible aparte de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mt 26, 39; Lc 22, 42); es decir, en una actitud de confianza plena, que es más fuerte que la desgracia y que la misma muerte.

Hemos de reconocer que tenemos que aprender a orar. Si ya lo hacemos, hemos de mejorar la calidad de nuestra oración, para orar con esa fe que Jesús quiere encontrar a su venida. Si no tenemos el hábito de la oración, siempre estamos a tiempo de iniciar este camino, exigente, duro (la perseverancia no es una virtud fácil), pero fascinante y que esconde tesoros que superan nuestra imaginación. La escuela de la oración, de toda oración, de petición, de intercesión, de acción de gracias, alabanza y adoración es la contemplación y la escucha del Maestro, de Jesucristo. Y lugar privilegiado de este aprendizaje es su Palabra, la Escritura inspirada que, como nos recuerda Pablo, nos da la sabiduría de la fe, que conduce a la salvación, que nos enseña, a veces nos reprende y corrige, nos educa en la virtud, nos equipa para toda obra buena. En la escucha y acogida de la Palabra aprendemos a orar como conviene, y esa oración no nos encierra en nosotros mismos, sino que nos envía a proclamarla, a testimoniarla, a ponerla en práctica. Y, así como en la oración aprendemos a ser perseverantes, así en la práctica de las buenas obras y en el trato con los demás, además de la proclamación y el testimonio sin miedo y sin compromisos (a tiempo y a destiempo), la Palabra nos enseña también la paciencia, pues no somos nosotros los que tenemos que cambiar a los demás, sino que también aquí hay que confiar en la sabia pedagogía de Dios.

De esta manera, siendo constantes en la oración confiada, en el testimonio y en las buenas obras, conservaremos la fe y la transmitiremos a las generaciones futuras, de modo que, cuando vuelva, el Hijo del hombre encuentre esta fe en la tierra.

sábado, 12 de octubre de 2013

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

EVANGELIO 
Lc 17, 11-19

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas.

Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea. Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: "¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!". Al verlos, Jesús les dijo: "Vayan a presentarse a los sacerdotes". Y en el camino quedaron purificados. Uno de ellos, al comprobar que estaba sanado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano. Jesús le dijo entonces: "¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?". Y agregó: "Levántate y vete, tu fe te ha salvado".

Palabra del Señor.


CREER SIN AGRADECER

El relato comienza narrando la curación de un grupo de diez leprosos en las cercanías de Samaría. Pero, esta vez, no se detiene Lucas en los detalles de la curación, sino en la reacción de uno de los leprosos al verse curado. El evangelista describe cuidadosamente todos sus pasos, pues quiere sacudir la fe rutinaria de no pocos cristianos.

Jesús ha pedido a los leprosos que se presenten a los sacerdotes para obtener la autorización que los permita integrarse en la sociedad. Pero uno de ellos, de origen samaritano, al ver que está curado, en vez de ir a los sacerdotes, se vuelve para buscar a Jesús. Siente que para él comienza una vida nueva. En adelante, todo será diferente: podrá vivir de manera más digna y dichosa. Sabe a quién se lo debe. Necesita encontrarse con Jesús.

Vuelve “alabando a Dios a grandes gritos”. Sabe que la fuerza salvadora de Jesús solo puede tener su origen en Dios. Ahora siente algo nuevo por ese Padre Bueno del que habla Jesús. No lo olvidará jamás. En adelante vivirá dando gracias a Dios. Lo alabará gritando con todas sus fuerzas. Todos han de saber que se siente amado por él.

Al encontrarse con Jesús, “se echa a sus pies dándole gracias”. Sus compañeros han seguido su camino para encontrarse con los sacerdotes, pero él sabe que Jesús es su único Salvador. Por eso está aquí junto a él dándole gracias. En Jesús ha encontrado el mejor regalo de Dios.

Al concluir el relato, Jesús toma la palabra y hace tres preguntas expresando su sorpresa y tristeza ante lo ocurrido. No están dirigidas al samaritano que tiene a sus pies. Recogen el mensaje que Lucas quiere que se escuche en las comunidades cristianas.

“¿No han quedado limpios los diez?”.¿No se han curado todos? ¿Por qué no reconocen lo que han recibido de Jesús? “Los otros nueve, ¿dónde están?”. ¿Por qué no están allí? ¿Por qué hay tantos cristianos que viven sin dar gracias a Dios casi nunca? ¿Por qué no sienten un agradecimiento especial hacia Jesús? ¿No lo conocen? ¿No significa nada nuevo para ellos?

“¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”. ¿Por qué hay personas alejadas de la práctica religiosa que sienten verdadera admiración y agradecimiento hacia Jesús, mientras algunos cristianos no sienten nada especial por él? Benedicto XVI advertía hace unos años que un agnóstico en búsqueda puede estar más cerca de Dios que un cristiano rutinario que lo es solo por tradición o herencia. Una fe que no genera en los creyentes alegría y agradecimiento es una fe enferma.

sábado, 28 de septiembre de 2013

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68


Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Lucas (16,19-31):

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: "Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas." Pero Abrahán le contestó: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros." El rico insistió: "Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento." Abrahán le dice: "Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen." El rico contestó: "No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán." Abrahán le dijo: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto."»

Palabra del Señor


Para superar el abismo


La primera y la segunda lectura presentan respectivamente dos géneros de vida diametralmente opuestos. El primero de ellos, denunciado por el profeta Amós, bien podría ser calificado de un “consumismo avant la lettre”. Completamente centrado en el disfrute personal y sin medida, su pecado más grave no consiste, en realidad, en ese mismo disfrute, sino sobre todo en el olvido y el desprecio hacia la suerte de los que sufren. Es una suerte que reclama la atención y la ayuda de los que tienen los medios para aliviarla en todo o en parte, pero que deciden que el sufrimiento ajeno no va con ellos (aunque es más queprobable que la excesiva riqueza de estos sea la causa directa de la excesiva pobreza de aquellos). Por eso, advierte el profeta, los que así actúan acabarán padeciendo una suerte similar a la de los que han despreciado. Y es que las riquezas de este mundo son efímeras, y quien se entrega a ellas como a un absoluto está labrando su propia perdición. El segundo género de vida es diametralmente opuesto: Pablo exhorta a su discípulo Timoteo a comportarse como un “hombre de Dios”, y enumera las cualidades que deben adornarlo: justicia, piedad, fe, amor, paciencia, delicadeza. No hay que ver aquí una sucesión jerárquica. Son cualidades propias de quien no vive en la disolución, sino en la tensión de un combate, el combate de la fe, que significa el testimonio de vida de quien cree en Jesucristo. Jesucristo es el camino que nos lleva a una vida plena, a una vida de total comunión con Dios y con los hermanos. Pero esa comunión empieza ya en esta vida: quien cree en Jesucristo no puede estar ocioso ni ocuparse sólo de su propia satisfacción, física o espiritual: ha de ser alguien que se dedica a tender puentes de comunión, y que, en consecuencia, se duele “del desastre de José”, esto es, que no permanece impasible ante el sufrimiento de los demás y trata de superar los abismos que separan a los seres humanos y que son la causa de esos sufrimientos.

El rico Epulón, que banqueteaba espléndidamente cada día, es la figura que en la parábola de Jesús encarna a los disolutos de Amós. Como ya se ha dicho, su mayor pecado no es la gula (o la lujuria que iría muy posiblemente aparejada), sino su insensibilidad, su ceguera para ver la necesidad del que, a la puerta de su casa, ansiaba saciarse con las migas de su mesa, pero que no fue objeto de su compasión, y fue tratado peor que los perros que merodeaban por allí. Frecuentemente la gula, la lujuria, el egoísmo, el exceso de sensaciones referidas a uno mismo, ciegan para percibir las necesidades de los otros: su hambre y sed, su desnudez y enfermedad, su falta de afecto y autoestima.

La situación descrita es clara y sencilla. No es Dios el responsable del hambre y los sufrimientos del pobre Lázaro. Los abismos que median entre ricos y pobres, entre víctimas y verdugos, entre poderosos y débiles, no están escritos en las estrellas, ni son el producto de un destino inevitable, ni son, por tanto, insuperables. Los hemos creado nosotros. Y podemos y debemos superarlos nosotros y, precisamente, en esta vida, en este mundo, en este tiempo en que vivimos. Después ya será demasiado tarde. No hay aquí absolutamente nada de justificación de la injusticia en nombre de una futura recompensa en el más allá. Al contrario, percibimos aquí toda la seriedad de la denuncia contra toda forma de injusticia, y de la llamada a tomar medidas reparadoras en esta vida, pues después será demasiado tarde. 

Precisamente porque la vida es una cosa seria, no hay que tomársela a broma, ni podemos pasarla banqueteando (o, más probablemente, trabajando sólo para poder banquetear). Esta vida limitada en el espacio y el tiempo es el tiempo de nuestra responsabilidad, en el que decidimos nuestro destino, nuestro “tipo” (el del disoluto, o el del hombre de Dios) y, en cierta medida, la fortuna de los que están cerca de nosotros. Lo que hagamos en este tiempo y espacio que Dios nos ha cedido por completo quedará así para siempre. Esos abismos que hemos de superar construyendo puentes de justicia, misericordia, ayuda y compasión, se harán insuperables una vez concluido nuestro periplo vital. Insisto, la vida es cosa seria. Hay cosas con las que no se debe jugar. La verdadera fe religiosa es una llamada a esa seriedad de la vida, a la libertad responsable, al testimonio de fe, con el que vamos construyendo ese camino que nos vincula con los demás y nos conduce a la vida eterna, a la vida plena.

Pero, ¿no es esta responsabilidad excesiva para nuestras pobres espaldas? Pues somos débiles y limitados en el conocimiento y en la voluntad. ¿No es demasiado para nosotros exigirnos que decidamos nuestro destino definitivo en los avatares cambiantes de la historia?

En realidad, Dios no nos ha dejado solos. En nuestra conciencia y también en la Revelación encontramos múltiples indicadores que nos ayudan a tomar la decisión correcta, el modo de superar los abismos, de encontrar el camino que nos lleva “la casa del Padre”. Es cierto que hay situaciones conflictivas y difíciles en las que no es tan sencillo acertar con la solución correcta. Pero nadie nos pide imposibles. Si tenemos buena voluntad, lo importante es que tratemos de hacer las cosas lo mejor que podamos. Además, estamos en proceso y también se puede aprender de los errores. No se nos pide ser perfectos, sino adoptar una orientación fundamental que deseche la de la primera lectura y adopte la de la segunda.

Pero podría objetarse, ¿por qué Dios no nos da esas indicaciones de modo más claro y explícito, por medio de signos maravillosos que obliguen nuestro asentimiento? Eso es lo que significa “que resuciten los muertos”: un “milagrón” al que no podamos oponer la menor duda. Se podría replicar que si Dios nos hablara así, nos avasallaría con su fuerza y podríamos sentir que el espacio de nuestra libertad quedaba indebidamente invadido. Su palabra no sería un diálogo respetuoso con el espacio de nuestra libertad, ni daría oportunidad a una respuesta basada en la fe, es decir, en la confianza. Ahí, claro, está el riesgo de nuestro posible “no” a su oferta. Pero ese riesgo es inherente al respeto de la libertad. Además, el “milagrón” no tendría efecto, pues lo importante aquí es un corazón bien dispuesto. Eso es lo que quiere decir Jesús con eso de que “si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto”. Los que se dedican a banquetear, a vivir en la superficialidad, a ocuparse sólo de sí mismos, no suelen estar para milagros de ningún género: si no ven al pobre tirado en su puerta, menos van a ver a un muerto resucitado.

Para ver a uno y a otro hacen falta otras actitudes, precisamente las que enumera Pablo en su carta a Timoteo: voluntad de justicia, piedad (para con Dios y para con los hombres), fe y amor, también esas virtudes menores pero tan necesarias en la vida, que aquí se resumen en la delicadeza. Sólo así se clarifica nuestra mirada para ver al pobre que sufre y al muerto que resucita: uno y otro son Jesucristo, que sufre en los pobres y con-padece con todos los que padecen (y, ¿quién no padece de un modo u otro?), y que por ese sufrimiento llegó al extremo de la muerte, cancelando así todos los abismos y conquistando para nosotros la vida eterna.

A la luz de la parábola que Jesús nos ha contado hoy, podemos volver ahora a las dos primeras lecturas para examinar a qué género de vida se asemeja más la nuestra, y para tomar decisiones que nos ayuden a superar abismos en vez de a crearlos y ahondarlos. La voz de la ley y los profetas que nos ayuda en esta tarea es la voz de la Iglesia, por medio de la cual nos está hablando cada día el mismo Dios.

Escuchémoslo.

domingo, 22 de septiembre de 2013

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

EVANGELIO 
Lc 16, 1-13

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas.

Jesús decía a los discípulos: Había un hombre rico que tenía un administrador, al cual acusaron de malgastar sus bienes. Lo llamó y le dijo: "¿Qué es lo que me han contado de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no ocuparás más ese puesto". El administrador pensó entonces: "¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el cargo? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza. ¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar el puesto, haya quienes me reciban en su casa!". Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: "¿Cuánto debes a mi señor?". "Veinte barriles de aceite", le respondió. El administrador le dijo: "Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez". Después preguntó a otro: "Y tú, ¿cuánto debes?". "Cuatrocientos quintales de trigo", le respondió. El administrador le dijo: "Toma tu recibo y anota trescientos". Y el señor alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente. Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz. Pero yo les digo: Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que éste les falte, ellos los reciban en las moradas eternas. El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho. Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes? Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.

Palabra del Señor.

Comentario

Jesús decía a sus discípulos: El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho. Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes? Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.

sábado, 14 de septiembre de 2013

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

EVANGELIO 
Lc 15, 1-32      
O bien más breve: Lc 15, 1-10

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas.

/Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Pero los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: "Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos". Jesús les dijo entonces esta parábola: "Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: 'Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido'. Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse". Y les dijo también: "Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: 'Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido'. Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte"./ Jesús dijo también: "Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: 'Padre, dame la parte de herencia que me corresponde'. Y el padre les repartió sus bienes. Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa. Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones. Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. Él hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Entonces recapacitó y dijo: '¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre! Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros'. Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó. El joven le dijo: 'Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo'. Pero el padre dijo a sus servidores: 'Traigan en seguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado'. Y comenzó la fiesta. El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó que significaba eso. Él le respondió: 'Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo'. Él se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: 'Hace tantos años que te sirvo, sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!'. Pero el padre le dijo: 'Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado'".

Palabra del Señor.

Comentario

El padre de la parábola vio llegar a su hijo y se conmovió. La expresión literal es "se conmocionó hasta las entrañas". Ya Zacarías, el padre de Juan Bautista, había hablado de "las entrañas de misericordia de nuestro Dios" (Lc 1, 78). Así es la misericordia de Dios, honda y visceral. En las parábolas, Jesús nos transmite su experiencia del amor de Dios. Como Moisés, Jesús sabe que Dios se deja conmover, que podemos tocarlo en su fibra más íntima, que podemos estremecerlo hasta las entrañas, cuando con sencillez nos presentamos delante de él.

sábado, 7 de septiembre de 2013

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

EVANGELIO: 
Lc 14, 25-33

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas.

Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo: "Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. ¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: "Este comenzó a edificar y no pudo terminar". ¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz. De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo".
Palabra del Señor.
Comentario

Jesús pone dos ejemplos, dos pequeñas parábolas, acerca de la sabiduría necesaria para llevar adelante una obra. En ambos casos, habla de cálculos y previsiones. Y todo eso para hacernos meditar sobre la gran obra de nuestra vida, que es seguirlo a él. Este seguimiento implica la sabiduría de valorar las cosas y las personas en su justa dimensión. El desprendimiento, el desapego y el no acaparar son las actitudes indispensables para seguir a Jesús, libres de ataduras.

martes, 3 de septiembre de 2013

Jornada de ayuno y oración por Siria: "No teman dar a sus hijos un almuerzo austero"



ROMA, 03 Sep. 13 / 01:15 pm (ACI/EWTN Noticias).- El Presidente del Pontificio Consejo para la Familia, Mons. Vincenzo Paglia, invitó a las familias, padres, hijos, y abuelos, a unirse en familia el próximo 7 de septiembre a la jornada de ayuno y oración que el Papa Francisco convocó para pedir la paz en Siria, Medio Oriente y el mundo.

"Queridos padres, no tengan miedo de proponer a vuestros hijos un almuerzo austero y mínimo, será la ocasión para explicarles lo que está ocurriendo en el mundo y como estos hechos terribles no pueden dejarnos indiferentes. Los invito a acoger la propuesta del Papa y a vivir también en casa el gesto del ayuno y la oración", animó Mons. Paglia el 3 de septiembre según informó el diario de la Santa Sede, L’Osservatore Romano.

Las continuas noticias que llegan de Siria sobre un posible ataque de la comunidad internacional a este país en guerra "interpelan al corazón, a nuestra inteligencia, y a nuestra fe", y es necesario que esta jornada de ayuno y oración, "sea acogida con gran seriedad y el compromiso de todos", añadió.

"No olviden invitar a los abuelos y a los ancianos a este almuerzo hecho con poca comida y muchas palabras, si alguno de ellos experimentó tiempos de guerra, podrá explicar qué significó vivir bajo las bombas y en la incerteza del mañana y cuál era el sentido de sus oraciones en aquellos días".

"Y vosotros jóvenes, no se lamenten si el sábado no hay grandes platos sobre la mesa, sino den gracias a vuestros padres por lo que les proponen, es más, exíjanles una explicación y los motivos por los que vale la pena continuar y habitar esta tierra marcada demasiado a menudo, por lutos y violencia", invitó.

Junto a la dureza de las noticias, Mons. Paglia animó a no olvidar comunicar la esperanza de la paz ofrecida por Jesús resucitado, que reconcilió al mundo con gestos donándose a sí mismo, en lugar de usar gestos violentos y vengativos.

"¡Recen unidos en la mesa, oren! Por las familias de Siria, por los niños que mueren cada día, por el odio y el hambre, por los gobernantes llamados a encontrar las soluciones de paz y no violencia", exhortó.

Por último el Arzobispo Paglia invitó a recitar junto a la familia un salmo, leer una página del Evangelio, rezar una decena del Rosario, hacer una oración libre en voz alta, o hacer un sencillo canto, o cualquier acto que más les sea adapto para interceder, "y meterse en medio del misterio del mal que marca nuestra historia y el Dios de la paz que la sana y la salva", concluyó.

El pasado 1 de septiembre el Papa Francisco invitó a todos los cristianos, los miembros de otras religiones y hombres de buena voluntad a sumarse a esta petición, y anunció que ese mismo día, de 7 p.m. a 11 p.m., celebrará en la Basílica de San Pedro, una vigilia de oración para pedir la paz definitiva en el país árabe.

sábado, 31 de agosto de 2013

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

                                                      
Evangelio según San Lucas 14,1.7-14.
1 Sucedió que un sábado fue a comer a casa de uno de los jefes de los fariseos. Ellos le estaban observando.
7 Notando cómo los invitados elegían los primeros puestos, les dijo una parábola: 8 «Cuando alguien te invite a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya invitado a otro más distinguido que tú 9y, viniendo el que os invitó a ti y a él, te diga: `Deja el sitio a éste', y tengas que ir, avergonzado, a sentarte en el último puesto. 10 Al contrario, cuando te inviten, vete a sentarte en el último puesto, de manera que, cuando venga el que te invitó, te diga: `Amigo, sube más arriba.' Y esto será un honor para ti delante de todos los que estén contigo a la mesa. 11Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.»
12 Dijo también al que le había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez y tengas ya tu recompensa. 13 Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; 14 y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos.»
Palabra del Señor
2. La Palabra se ilumina (lectio)
a) Contexto:
La parábola de la elección de los últimos lugares está situada en sábado, cuando Jesús está ya en Jerusalén, donde se cumplirá el misterio pascual, donde se celebrará la eucaristía de la nueva alianza, a la cual le seguirá después, el encuentro con el viviente y el encargo de la misión de los discípulos que prolongará la de Jesús. La luz de la Pascua permite ver el camino que el Señor hace recorrer a todos aquellos que son llamados para representarlo como siervo, diakonos, en medio de la comunidad, recogida en torno a la mesa. Es el tema lucano de la comunión o participación. La realidades más hermosas las ha realizado Jesús, las ha proclamado y enseñado a la mesa, en un ambiente de banquete.
En el capítulo 14, Lucas, con su hábil arte de narrador, pinta un cuadro, en el cual superpone dos imágenes: Jesús, a la mesa, define el rostro de la nueva comunidad, convocada en torno a la mesa eucarística. La página está dividida en dos escenas: la primera la invitación a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos en día de fiesta, un sábado (Lc 14, 1-6); luego, la enseñanza con dos pequeñas parábolas sobre el modo de elegir los puestos a la mesa y los criterios para hacer las invitaciones (Lc 14, 7-14); finalmente la parábola de los invitados al banquete (Lc 14,15-16), en la que aparece el problema de los invitados: ¿quién participará en la mesa del reino? Esta participación se prepara desde este momento hasta la hora de la relación con Jesús, que convoca en torno a él a las personas en la comunidad-Iglesia.
b) Exégesis:
- el sábado: día de fiesta y de liberación
He aquí el versículo de Lucas: « Sucedió que un sábado fue a comer a casa de uno de los jefes de los fariseos. Ellos le estaban observando» (Lc 14, 1). Jesús es invitado un día festivo por un responsable de los movimientos de los observantes o fariseos. Jesús está a la mesa. En este contexto sucede el primer episodio: la curación de un hombre hidrópico, impedido por su enfermedad de participar a la mesa. Aquellos que están marcados en su carne están excluidos de la comunidad de los observantes, como sabemos por la Regla de Qumran. La comida del sábado tiene carácter festivo y sagrado, sobre todo para los observantes de la ley. En el día de sábado, de hecho, se hace memoria semanal del éxodo y de la creación. Jesús, justamente en día de sábado, devuelve la libertad y devuelve la salud plena a un hombre hidrópico.
Él justifica su gesto ante los maestros y observantes de la ley con estas palabras: « ¿Quién de vosotros, si se le cae un ano o buey al pozo no lo saca inmediatamente en día de sábado?». Dios está interesado en las personas y no sólo en las propiedades del hombre. El sábado no se reduce a una observancia externa del descanso sagrado, sino que está en favor del hombre. Con esta preocupación dirigida al hombre, se da también la clave de lo criterios de convocación a esta comunidad simbolizada por la mesa: ¿cómo hacer la elección de los puestos? ¿a quién invitar y quién participará al final en el banquete del Reino? El gesto de Jesús es programático: el sábado está hecho para el hombre. Él realiza en día de sábado lo que es el significado fundamental de la celebración de la memoria de la salida de Egipto y de la creación.
- sobre la elección de los puesto y de los invitados
Los criterios para elegir los puestos no se basan en la precedencia, o sobre los papeles o notoriedad, sino que se inspira en el actuar de Dios que promueve a los últimos, «porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.» (Lc 14, 11). Este principio que cierra la parábola del nuevo libro de urbanidad, que tira por tierra los criterios mundanos, hace alusión a la acción de Dios por medio del pasivo «será ensalzado». Dios exalta a los pequeños y a los pobres, así como Jesús ha introducido en la mesa de la fiesta sabática al hidrópico excluido.
Luego vienen los criterios sobre la elección de los invitados. Se excluyen los criterios de recomendación o de solidaridad corporativa: « No llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos... …» « Al contrario, cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos...» (Lc 14, 12.13). El elenco comienza con los pobres, que en el evangelio de Lucas son los destinatarios de las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de los cielos». En el elenco de los invitados, los pobres están concretizados como los disminuidos físicamente, excluidos por las confraternidades farisaicas y por el ritual del templo (Cf. 2Sam 5, 8; Lv 21, 18).
Este elenco se vuelve a encontrar en la parábola del banquete: pobres, cojos, ciegos y mancos toman el puesto de los invitados al respecto (Lc 14, 21).
Esta segunda parábola sobre el criterio de los invitados se cierra con esta proclamación: «Y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos» (Lc 14, 14), al final de los tiempos, cuando Dios manifieste su señorío comunicando la vida eterna. Hay una frase de uno de los comensales, en este momento, que hace de lazo de unión entre las dos pequeñas parábolas y el banquete de cena. «Uno de los comensales, habiendo oído esto, dijo: «¡Bienaventurado el que coma el pan del reino de Dios!”» (Lc 14, 15). Esta parábola que hace alusión a la bienaventuranza del reino y a la condición para participar en el mismo mediante la imagen del banquete, «comer el pan», situa la parábola del banquete dentro de su significado escatológico. Sin embargo, este banquete final, que es el reino de Dios y la plena comunión con él, se prepara en la comunión actual. Jesús narra esta parábola para interpretar la convocación de los hombres con el anuncio del reino de Dios a través de su actuación histórica.
3. La palabra me ilumina (para meditar)
a) Jesús, estando en casa del fariseo que lo había invitado a comer, observa cómo los invitados eligen los primeros puestos.Es una actitud muy común en la vida, no solamente cuando se está a la mesa: cada uno busca el primer puesto en la atención y en la consideración por parte de los demás. Todos, comenzando por nosotros mismos, tenemos experiencia de ello. Pero, debemos tener cuidado, porque las palabras de Jesús, que exhortan a abstenerse de buscar el primer puesto, no son simplemente una palabras de urbanidad; ellas son una regla de vida. Jesús aclara que es el Señor el que da a cada uno la dignidad y el honor, no somos nosotros a dárnoslo, tal vez presumiendo de nuestros propios méritos. Como hizo en las Bienaventuranzas, Jesús echa por tierra el juicio y el comportamiento de este mundo. El que se reconoce pecador y humilde, será exaltado por Dios, el que, por el contrario, pretende que se le reconozcan sus méritos y busca los primeros puestos, arriesga el autoexcluirse del banquete.
b) « No te pongas en el primer puesto, no sea que haya invitado a otro más distinguido que tú... y tengas que ir, avergonzado, a sentarte en el último puesto » (Lc 14,8-9). Parece que Jesús juegue con los tentativos infantiles de los invitados que se preocupan por alcanzar la mejor posición; pero, su intención es mucho más seria. Hablando a los jefes de Israel, él muestra cuál es el poder que edifica las relaciones del reino: "El que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado » (Lc 14,11). Les describe “el buen uso del poder", fundado sobre la humildad. Es el mismo poder que Dios libera en la humanidad en la encarnación: "Al servicio de la voluntad del Padre, a fin de que toda la creación vuelva a él, el Verbo “no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz" (Fil 2,6-8). Esta kenosis gloriosa del Hijo de Dios “tiene la capacidad” de curar, reconciliar y liberar a toda la creación. La humildad es la fuerza que edifica el reino y la comunidad de los discípulos, la Iglesia.

sábado, 24 de agosto de 2013

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Lucas (13,22-30):

En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?» 
Jesús les dijo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: "Señor, ábrenos"; y él os replicará: "No sé quiénes sois." Entonces comenzaréis a decir. "Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas." Pero él os replicará: "No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados." Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, lsaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.»

Palabra del Señor.
La puerta estrecha y los horizontes amplios.


Jesús iba camino de Jerusalén, es decir, camino de su entrega por amor en la Cruz, y esa suprema lección venía precedida de una enseñanza itinerante por ciudades y aldeas, que, a tenor de lo que leemos hoy, estaba abierta a la participación de la gente. Jesús habla, pero también escucha, enseña, pero también se deja abordar por sus oyentes. La que centra hoy nuestra atención es una pregunta clásica, una de esas que nunca quedan contestadas del todo, y que, por eso, reaparece siempre, en cada época y cultura. Hay una fuerte tendencia a proyectar sobre la pregunta las convicciones y los prejuicios de cada momento histórico (anticipando así la respuesta). Por ejemplo, hubo tiempos, no tan lejanos (algunos hasta tal vez los recuerden) en que se aseguraba que serán pocos los que se salven. Una aguda conciencia del pecado, que se extiende por doquier, más un cierto rigorismo moral, llevan a la convicción de que la salvación es un asunto demasiado caro, accesible a pocos: “Es tan caro el rescate de la vida, que nunca les bastará para vivir perpetuamente sin bajar a la fosa” (Sal 48, 9-10). Sin embargo, aunque se esté de acuerdo en que la salvación es algo que el hombre no puede alcanzar por sus solas fuerzas (“para los hombres es imposible”), sabemos que es un don de Dios, que Él ofrece sin condiciones: “para Dios todo es posible” (Mt 19, 26). Cuando se subraya la misericordia de Dios, dejando en penumbra la responsabilidad humana, se invierte el platillo de la balanza, y se tiende a afirmar que la salvación es accesible al margen de lo que hagamos o dejemos de hacer, hasta el extremo de defender la “apocatástasis” (doctrina que enseña que llegará un tiempo en que todas las criaturas libres compartirán la gracia de la salvación, incluidos los demonios y las almas de los réprobos). Tal sucede en nuestros tiempos, en los que, pese a que muchos han dejado de creer en la salvación, al perderse también la noción de pecado, existe una fuerte inclinación a desechar cualquier idea de castigo a causa de una culpa responsable. Entre estas opiniones extremas, pueden encontrarse posiciones intermedias para todos los gustos.

¿En cuál de ellas se sitúa Jesús? Llama la atención la respuesta aparentemente evasiva que da. ¿Es que acaso Jesús no quiere “mojarse”? En realidad su respuesta es la única realista y posible. No nos habla de cantidades, sino que nos ofrece una enseñanza sobre el camino de salvación. No puede decir si son muchos o pocos, porque la salvación es una realidad abierta, no un destino inexorable prefijado desde la eternidad. Es, ciertamente, un don de Dios, pero también es algo que, en parte, depende de nosotros. Pues Dios ofrece la salvación, y la ofrece sin condiciones, pero nosotros podemos aceptarla o rechazarla, dependiendo de cómo respondamos a esa oferta gratuita. Dios no impone la salvación, sin que interpela a nuestra libertad, que puede responsablemente tomar partido. Aquí se pone de relieve el sentido más profundo y último de la responsabilidad: la capacidad de responder en un sentido u otro a la llamada de Dios. Y, como Dios nos llama directamente, por medio de su Palabra, pero también indirectamente, por medio de los valores y las exigencias de nuestra conciencia, el hombre puede también aceptar o rechazar la oferta de Dios, directamente por medio de la fe (y el modo de vida que se deriva de ella), o por medio de una vida acorde con la conciencia, por ejemplo en el servicio a los pequeños hermanos en los que vive y sufre Jesús (cf. Mt 25, 31-46).

Es notable, a este respecto, que podemos saber con cierta precisión cuándo se da la aceptación (directa o indirecta) de la oferta de salvación, pero, en cambio, no podemos saber nunca del todo cuándo tiene lugar el rechazo: sólo Dios lo sabe, sólo Él ve hasta el fondo el corazón del hombre. Por eso, la Iglesia, que afirma de algunos que están ya en la gloria, junto a Dios (cuando los beatifica y canoniza), nunca afirma de nadie que se haya condenado, ni aún de Judas. Sin embargo, la Iglesia sí defiende la libertad del hombre y afirma su capacidad de tomar partido a favor y en contra de Dios, por eso mantiene la posibilidad de la condenación y, en consecuencia, rechaza la tesis de la apocatástasis.

Jesús nos dice en su respuesta que no es cuestión de muchos o pocos, sino de cada uno, y que se trata de una cuestión muy seria, que no debemos tomarnos a la ligera. La alusión a la puerta estrecha hay que entenderla así. La salvación no es un “estado final” que poco o mucho tiene que ver con nuestra vida cotidiana, sino que está en relación directa con la autenticidad de nuestra vida; y la vida, debemos reconocerlo, es un asunto serio y con el que no hay que jugar. Tomarse en serio la vida, vivirla con autenticidad, significa estar abierto a la Palabra de Dios, que consuela, pero también exige (“¡levántate!”, “¡sígueme!”, “¡camina!”), y tratar de vivir de acuerdo a esa Palabra, siendo fiel, justo, veraz, solidario, dispuesto al perdón, respondiendo, en suma, con amor al amor de Dios (que eso es la salvación). Todo esto es algo que comporta ciertas renuncias y dificultades, y por eso se puede hablar de puerta estrecha. Como dice un autor contemporáneo (Manfred Lütz, en su estupendo libro Dios. Una breve historia del eterno), “es cierto que ser moralmente íntegro también representa de vez en cuando una alegría; pero suele resultar más bien laborioso e ir acompañado de considerables desventajas para el bienestar personal”. No olvidemos lo que decíamos al principio: Jesús iba camino de Jerusalén, allí donde él personalmente iba a pagar el alto precio de la salvación que Dios ofrece a la humanidad entera.

Naturalmente, a todos nos gustaría una salvación más barata, a ser posible sin cruz. Pero Jesús nos enseña, no sólo con palabras, sino con el ejemplo de su propia vida, que esto no es posible, sino que “el Mesías tiene que padecer, para entrar así en su gloria” (Lc 24, 26). Sin el supremo sacrificio de la cruz, sin llegar hasta el extremo de la muerte, esa salvación no tocaría las fibras más profundas de la existencia humana, y no sería una salvación verdadera y definitiva, del mal, del pecado y de la muerte. Por eso, no valen aquí las quejas que emitimos con tanta frecuencia sobre nuestros males, físicos, psicológicos o morales. El autor de la carta a los Hebreos nos recuerda con otras palabras la exhortación de Jesús a tomar sobre sí la propia cruz (cf. Mt 16, 24): entender las dificultades y contrariedades de la vida como formas de corrección, ocasiones de purificación y fortalecimiento interior. En realidad no es que Dios nos castigue, pero Él, que puede sacar bien del mal (resurrección de la muerte), nos enseña el bien que podemos extraer de las inevitables dificultades y contrariedades de la vida: son ocasiones para descubrir en ellas el rostro sufriente de su Hijo, y unirnos a él (cf. Col. 1, 24). Aunque nadie puede querer el dolor, pasando por su crisol con este sentido redentor, nos fortalecemos y curamos.

La Cruz es la puerta estrecha que Jesús ha elegido para entrar en la nueva Creación. Y el camino que lleva a Jerusalén es el camino angosto (en el texto paralelo de Mateo 7, 13-14) que lleva a la vida. Pero, precisamente hablando de esa puerta estrecha, Jesús dice que muchos querrán entrar por ella y no podrán, y de esa senda empinada afirma que son pocos los que dan con ella. ¿No avalan estas afirmaciones la tesis de que son pocos los que se salvan?

La primera lectura, leída a la luz del evangelio, puede darnos la clave de interpretación de esta espinosa cuestión y de la exigente respuesta de Cristo. Que hemos de tomarnos esta cuestión en serio (pues nos va en ella la vida), significa que no hemos de pensar que nos podemos asegurar la salvación gracias a ciertos signos externos, como la pertenencia a un pueblo o nación (el pueblo elegido) o a determinada institución. La salvación, que afecta a la profundidad y autenticidad de la vida de cada uno, no puede resolverse por la vía étnica, nacional, sociológica o jurídica. Tenemos que evitar caer en la trampa de pensar que la salvación es cosa de grupos determinados (como decía aquel chiste de Mingote, “al final, al cielo iremos los de siempre”), como creían muchos judíos de tiempos de Jesús y como, tal vez, seguimos pensando algunos cristianos. Podemos conocer “oficialmente” a Jesús como el Cristo por motivos puramente geográficos o culturales, pero que, al tiempo, no permitirle entrar en nuestra vida y que la conforme por dentro.

Entendemos ahora que la puerta estrecha no nos abre a un horizonte igualmente estrecho y de cortos vuelos. Lo que cuesta, a veces lágrimas, a veces sangre, tiene un valor superior. Y la senda empinada nos conduce a cimas, en las que disfrutamos de perspectivas amplias y paisajes impensables desde la placidez del valle. Así, la puerta estrecha se abre a horizontes que superan toda frontera, y en los que la salvación está abierta y ofrecida a todos los hombres y mujeres de todos los pueblos y naciones sin excepción. Pero esto significa que por esa puerta nuestro mismo corazón se abre y ensancha a la medida de toda la humanidad, a la medida del corazón del mismo Dios, que ha tomado carne en Jesucristo, y que no conoce fronteras. Dios quiere realmente que todos los hombres se salven y alcancen el conocimiento de la verdad (1 Tim 2, 4). Y nosotros, esforzándonos por entrar por la puerta estrecha, estamos contribuyendo a propagar esa apertura de espíritu, ese horizonte amplio en que, superando tal vez con dificultad nuestras propias cerrazones, descubrimos que todas las gentes de todos los países son nuestros hermanos, todos llamados a participar en esa salvación que consiste en la filiación divina que Cristo ha venido a traernos y nos ha regalado por su muerte y resurrección.

sábado, 17 de agosto de 2013

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,49-53):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.»

Palabra del Señor

Fuego en la tierra

¿No es acaso Jesucristo el Príncipe de la Paz? ¿No ha venido al mundo a reconciliarnos con Dios y entre nosotros, a extender el perdón, a renovar nuestras relaciones por medio del mandamiento del amor? ¿Cómo entender entonces las expresiones tan duras y aparentemente contradictorias con esos ideales que resuenan en el evangelio de hoy?

En realidad, no hay aquí contradicción alguna, sino, al contrario, una lógica profunda. Todas las enseñanzas de las semanas pasadas sobre la oración, la verdadera riqueza, la responsabilidad, la fidelidad y el servicio desembocan hoy en la llamada apremiante de Jesús a realizar una decisión radical relativa a su propia persona. Y es que no se pueden reducir aquellas enseñanzas a una “doctrina moral”, sobre “valores” en general, sino que son aspectos y dimensiones de un mensaje de Verdad y Salvación que se concentra en la persona de Jesús. Por eso, la decisión fuerte a la que nos llama es a elegirlo a él como Señor y Mesías, a hacer de él y del seguimiento de su persona el eje real de nuestra existencia. Se trata de una decisión radical porque no admite medias tintas: si no lo elegimos, entonces lo estamos rechazando. Es una elección de fe, pero que se expresa y refleja en todas las facetas esenciales de nuestra existencia: la relación con el prójimo, la existencia consciente y en vela, la responsabilidad y la disposición al servicio. En todas ellas se expresa la actitud de escucha y acogida de su palabra y su persona (de la Palabra encarnada que es su persona), por la que no insertamos en su relación filial con el Padre. La decisión es radical porque, en definitiva, todas estas actitudes se resumen en una: la disposición a dar la vida. Eso es precisamente lo que está haciendo Jesús: una vida consagrada a su Padre y al bien de sus hermanos, y que culmina en un “bautismo”, que no puede no generar tensión y angustia: su muerte en Cruz, el fuego purificador de un amor total que vence al pecado y a la misma muerte.

Jesús no es un Maestro “blando”, que ha venido a traernos azúcar para edulcorar falsamente las durezas de la vida. Realmente, edulcorando la imagen que nos hacemos de él, estamos falseándolo, a él y a su mensaje. Jesús, Maestro y Mesías, es un hombre de decisiones fuertes, que comportan renuncias difíciles. Eligiendo el camino de la Cruz, no eludiendo las dimensiones más duras y oscuras de la vida humana, consecuencia del pecado y del alejamiento de Dios, Jesús está haciendo suyas esas renuncias que suponen rechazar los falsos caminos de salvación, esos que con tanta insistencia se nos proponen cada día: el mero disfrute de la vida, como el único bien posible, y, en consecuencia, la riqueza, el egoísmo, exclusión de los “otros”, y, si se tercia, la violencia como medio eficaz de defensa y autoafirmación. Igual que existe una imagen blanda (y falsa) de Jesús y del cristianismo, que quiere evitar todo conflicto por medio de un irenismo imposible, que evita molestar a nadie, existe un pacifismo igualmente blando, el pacifismo de los débiles lo llamaba el filósofo católico E. Mounier, que tras el “no a la guerra”, el “no quiero matar” y “la paz a cualquier precio”, deja oír la voz temblorosa que dice: “a mí que no me maten” y “mi vida a cualquier precio”. Aquí la paz significa, más o menos, “que me dejen en paz”, no estoy dispuesto a dar la vida por nada.

Si Jesús es el Príncipe de la Paz lo es, ciertamente, de otra manera, encarnando el ánimo sereno de morir sin matar, como también decía Mounier, el pacifismo de los fuertes. Porque la disposición a dar la vida por la Verdad y el Bien supone un ánimo fuerte y la capacidad de tomar decisiones difíciles, incluso si eso provoca conflictos y riesgos para la propia tranquilidad y bienestar. De esos conflictos habla Cristo hoy, cuando se refiere a la división y la espada que ha venido a traer a la tierra. La elección de fe, la decisión de seguirle hasta el final implica con frecuencia ir contra corriente, atraerse la enemistad del entorno, pues esas decisiones son, al mismo tiempo, una denuncia difícil de soportar. No es raro escuchar voces prudentes (falsamente prudentes) que nos dicen que no hay que tomarse las cosas tan a pecho, que no hay que exagerar, que hay cosas que todo el mundo hace, que no hay que ir dando la nota y distinguiéndose de los demás. Son invitaciones a adaptarse, a acomodarse, a no ser fiel a uno mismo y a la propia conciencia, sino a seguir los criterios del mundo circundante, dominado por opiniones comunes, con frecuencia vulgares, dictadas además por intereses más o menos escondidos y no siempre limpios.

Es natural que Jesús hable hoy de fuego, de espada y de división. Nos está llamando a una libertad suprema, capaz de realizar esa decisión de fe, que supone tantas veces romper con el ambiente que nos rodea, caminar contra corriente y afrontar la enemistad incluso de los más cercanos.

Puede ser que ante una encrucijada semejante sintamos vértigo y temor. Pero tenemos que saber que en este camino no estamos solos: como nos dice el autor de la carta a los Hebreos, una nube ingente de testigos nos rodea, nos da ejemplo, nos ayuda a desembarazarnos de lo que nos estorba (el pecado de egoísmo, de pereza, de vulgaridad, que nos ata) para correr en la carrera que nos toca (precisamente a cada uno, pues cada cual tiene si propio camino y su propia cruz), sin retirarnos, siendo fieles a nuestra auténtica vocación, aunque ello comporte sinsabores, dificultades, incomprensión o conflictos. Uno de esos testigos es el profeta Jeremías, que hizo de su vida entera un testimonio de compromiso con una verdad incómoda, que sus compatriotas no estaban dispuestos a aceptar, seducidos como estaban por falsas seguridades. Jeremías fue fiel hasta la muerte en medio de muchas incomprensiones y persecuciones. Jeremías y toda la ingente nube de testigos (todos los patriarcas, profetas, apóstoles, mártires, todos los santos a lo largo de toda la historia) apuntan a Cristo, que renunciando al gozo inmediato soportó la cruz. Jesús, y con él todos los que dan testimonio de él, nos anima y da fuerza para no temer, pues, como dice de nuevo la carta a los Hebreos, “todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado”, que es lo mismo que decir, que no debemos hacernos los mártires antes de tiempo, pero debemos estar dispuestos a serlo si llegara el caso.

De todos modos, pueden surgir dudas en nosotros: ¿cómo tomar decisiones, incluso si se trata de la decisión de fe, contra los más cercanos, a los que más queremos? A esto hay que oponer que la decisión por la fe y el seguimiento de Cristo, si bien puede resultar conflictiva con el entorno, no es una decisión contra nadie, sino a favor de todos, hasta de aquellos con los que chocamos. Pues quien sigue a Jesús está dispuesto a dar la vida también por los enemigos. Tomar la decisión de seguir a Jesús es beneficioso no sólo para el que la realiza, sino también para los que se oponen a ella. En esta semana hemos celebrado la memoria de los beatos mártires claretianos de Barbastro y del P. Maximiliano Kolbe: dieron su vida por Cristo y por sus hermanos, perdonando a sus verdugos y orando por ellos; y, aunque no sepamos cómo, podemos estar seguros que ese perdón y esa oración fueron eficaces también para aquellos. Por tanto, la decisión radical y difícil a favor de Cristo, de su Palabra y de su persona, es, al mismo tiempo, una decisión a favor de la autenticidad de la propia vida y de los valores que ennoblecen y salvan la vida humana, una decisión que aumenta el caudal de Verdad, Bien y Justicia en nuestro mundo y que redunda en bien de todos, incluso de los que, por los más variados motivos, se oponen a nuestra elección.

sábado, 10 de agosto de 2013

ELECCIONES ARGENTINAS EL DÍA 11 DE AGOSTO DEL 2013

ELECCIONES 2013

¿Por qué VOTAR?

· Porque todo ciudadano tiene derecho a elegir y ser elegido.
· Porque no podemos dejar en manos de un sólo sector el decidir el rumbo de nuestro municipio.
· Porque como cristianos debemos ser responsables al estar presente en la vida pública, opuestos en todo caso a las injusticias.
· Porque es una obligación con nuestro municipio y con la nación. No votar es conformarse con lo que nos impongan.
· Porque debemos elegir inteligentemente “entre lo malo y lo bueno, entre lo bueno y lo mejor”. (Benedicto XVI, Colonia, 20 agosto 2005)

¿Para qué VOTAR?

· Para que no exista ausencia en el ámbito político de voces y líderes católicos que defiendan las convicciones éticas y religiosas de nuestra Iglesia.
· Para participar plenamente en la ordenación de la comunidad política, seleccionando mediante el voto a los gobernantes más idóneos, rechazando aquellos carentes de idoneidad moral y ética para ejercer su gobierno. (Juan Pablo II, Centesimus Annus, 46).
· Para escoger gobernantes que se dediquen con su trabajo a la consecución del bien común de todos los ciudadanos. (Benedicto XVI, Deus Caritas Est, 26-28).
· Para favorecer a los pobres y no privilegiar a cualquier ideología que se proclame ser la única la interprete de las aspiraciones del pueblo. (Mensaje de la Conferencia Episcopal Nicaragüense, Enero 1988)

¿Por quién VOTAR?

· Por una persona que luche con integridad moral y con prudencia contra la injusticia y la opresión, contra la intolerancia y el absolutismo de un individuo o de un sólo partido político; que se consagre con sinceridad y rectitud, más aún, con caridad y fortaleza política al servicio de todos. (Concilio Vaticano II, Gaudium Spes 75)
· Por un candidato con actitud humilde que no utilice la mentira para favorecer a unos cuantos. Una persona con un corazón generoso para planificar cosas buenas, utilizando palabras que ayuden a la gente a convivir en armonía.
· Por un ciudadano que no esté por encima de la ley, especialmente cuando esa ley viene de Dios.
· Por una persona capaz de utilizar los fondos públicos confiados a él para el bienestar de los demás y no para su lucro personal.
· Por una persona con criterio independiente.

Por quién NO VOTAR

No vote por candidatos simplemente porque se declaran católicos. Muchos de ellos son “CATOLICOS” únicamente cuando buscan los votos de los católicos.
No escoja candidatos con tendencias egoístas que no promueven el bien común, y sólo buscan su propio beneficio.
No recompense con su voto a candidatos que proponen prácticas contra la moral católica, por ejemplo quien promueva el aborto, dicho candidato no debe obtener su voto.
No vote por candidatos que proponen soluciones mágicas, que promueven maldades ocultas.
No vote por un candidato que su conciencia no acepte. La conciencia es como una alarma, le advierte cuando Ud. está por cometer un error.

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68


Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,32-48):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro allí estará también vuestro corazón. Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.» 
Pedro le preguntó: «Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?» 
El Señor le respondió: «¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas? Dichoso el criado a quien su amo, al llegar, lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si el empleado piensa: "Mi amo tarda en llegar", y empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, a comer y beber y emborracharse, llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles. El criado que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos. Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá.»

Palabra del Señor


Administradores fieles. Las diatribas de Jesús contra la riqueza causaban en sus discípulos desconcierto y escándalo (cf. Mc 10, 26), pues pensaban según la mentalidad tradicional, para la que la riqueza era un signo de la bendición de Dios. Es fácil imaginar que la parábola del rico insensato (que leímos la semana pasada) produjo en ellos una reacción similar de sorpresa y temor. Y más teniendo en cuenta que se trataba de un grupo humano débil y, con mucha probabilidad, social y económicamente pobre. En situaciones de pobreza y debilidad es normal aspirar a mejorar el propio estatus, y también a alcanzar la seguridad tibia que ofrece el bienestar material. De ahí las palabras de estímulo que Jesús pronuncia a continuación, y que acabamos de escuchar en el evangelio de hoy, con las que continúa su enseñanza sobre la verdadera riqueza.

Jesús exhorta a no temer, pese a la propia pequeñez, sino a poner la confianza en Dios, que ha decidido regalar a los que confían en Él una riqueza inmensamente superior a todas las posesiones materiales y a todo el poder de este mundo: su propio reino. Ese reino del que Jesús ha hecho el centro de su predicación, y que ya se ha hecho presente, se convierte ahora en un don que Dios hace a su pequeño rebaño. Ese don es la persona misma de Jesucristo, por el que merece la pena venderlo todo y darlo generosamente a los pobres, para adquirir así un tesoro que no se puede echar a perder ni puede ser robado.

En realidad, más que el tener (en cierto modo inevitable) o el no tener, Jesús mira a la verdadera cuestión: dónde está nuestro corazón. Un hombre puede ser pobre económicamente, pero vivir sólo para sus escasos bienes materiales, ser egoísta, interesado, tacaño. Su corazón está en la riqueza, la poca que tiene y la mucha que quisiera tener. Alguien puede gozar de una buena posición, pero ser generoso, desprendido, abierto a las necesidades de los demás, y dispuesto a dejarlo todo si así se lo exige su fe. Así pues, Jesús nos está invitando a examinar nuestro corazón, a comprobar cuáles son los tesoros por los que estamos dispuestos a venderlo todo. De este modo, nos está llamando a hacer un ejercicio de autoconciencia, a abrir los ojos y vivir en vela. Este ejercicio es ya un primer paso para hacer la elección de la verdadera riqueza. Porque, de hecho, cuando el ser humano se entrega (entrega su corazón) al mero bienestar material, se abotaga y adocena.

Recordemos al hombre de la parábola de la semana pasada. Ha decidido relajarse y dedicar el resto de su vida a comer y a beber, a pasarlo bien. Y de esa manera ha olvidado que nuestros días en la tierra están contados. Es evidente que en ocasiones tenemos que descansar y relajarnos, esto también es un deber, y Jesús mismo lo practicaba con sus discípulos (cf. Mc 6, 31), pero otra cosa muy distinta es consagrar (o pretender consagrar) la propia vida al ocio y a la satisfacción propia. Lo contrario de esto es la vida consciente, en vela, que nos recomienda Jesús. Se trata, en definitiva, en tomarse en serio la vida, que es una cosa seria, en hacerse consciente de los verdaderos valores, los que dan un sentido definitivo a nuestra existencia y que, a fin de cuentas, descubrimos en toda su plenitud en el mismo Jesucristo, en el que Dios ha tenido a bien darnos el reino.

Vivir en vela significa, además, vivir a la espera del Señor que viene de tantas maneras a nuestra vida cotidiana (en la Palabra, en la Eucaristía, en nuestros hermanos necesitados, también en el amargo trance de la muerte). Pero no se trata de una espera pasiva, sino que, por el contrario, Jesús la describe como la realización de un servicio. Es decir, los bienes del reino que Dios nos ha regalado no se convierten por ello para nosotros en una especie de propiedad privada y exclusiva: no somos dueños del reino, de los bienes que nos ha confiado Jesús, sino sólo sus administradores.

Se entiende la pregunta de Pedro: “¿has dicho esta parábola por nosotros o por todos?” La enorme riqueza de la fe en Jesucristo recibida por los discípulos les ha sido dada en depósito, para que la administren fielmente en favor de todos. Si la consideramos algo exclusivo, de la que podemos disponer a voluntad sólo en beneficio propio, nos convertimos en una secta cerrada, que se olvida que debe dar cuenta a su señor de los dones recibidos. Pero el grupo de los seguidores de Jesús es una comunidad abierta que se sabe investida de una misión sacerdotal en beneficio de toda la humanidad, que no se guarda para sí, sino ofrece gratuitamente a todos, lo que gratis ha recibido.

Y no puede ser de otra manera cuando los bienes de los que hablamos son el don de la filiación divina y de la fraternidad universal. En Cristo nos sabemos hijos de Dios y, por tanto, hermanos de todos. ¿Es posible guardarse para sí una riqueza de este tipo? ¿No tenemos por necesidad que salir al encuentro de todos a comunicarles que también ellos son hijos amados del Dios Padre de Jesucristo, que también ellos, como nuestro padre en la fe Abraham, son peregrinos en camino a la patria definitiva, de sólidos cimientos, y pueden participar de una fecundidad que supera toda expectativa humana?

En el testimonio valiente de nuestra fe y en el servicio desinteresado a nuestros semejantes nos vamos convirtiendo en el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas.