sábado, 23 de noviembre de 2013

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68


JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO 

EVANGELIO
                                       Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 23, 35-43

En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: - «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.»
Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo:
«Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.»
Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos.»
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo:- «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.»
Pero el otro lo increpaba: - «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada. »Y decía:«Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.»
Jesús le respondió: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.»

Palabra del Señor

Comentario del padre Cantalamessa

La solemnidad de Cristo Rey, en cuanto a su institución, es bastante reciente. La estableció el Papa Pío XI en 1925 en respuesta a los regímenes políticos ateos y totalitarios que negaban los derechos de Dios y de la Iglesia. El clima del que nació la solemnidad es, por ejemplo, el de la revolución mexicana, cuando muchos cristianos afrontaron la muerte gritando hasta el último aliento: «Viva Cristo Rey». Pero si la institución de la fiesta es reciente, no así su contenido y su idea central, que es en cambio antiquísima y nace, se puede decir, con el cristianismo. La frase «Cristo reina» tiene su equivalente en la profesión de fe: «Jesús es el Señor», que ocupa un puesto central en la predicación de los apóstoles.

El pasaje evangélico es el de la muerte de Cristo, porque es en ese momento cuando Cristo empieza a reinar en el mundo. La cruz es el trono de este rey. «Había encima de él una inscripción: "Este es el Rey de los judíos"». Aquello que en las intenciones de los enemigos debía ser la justificación de su condena, era, a los ojos del Padre celestial, la proclamación de su soberanía universal.

Para descubrir cómo nos toca de cerca esta fiesta, basta con recordar una distinción sencillísima. Existen dos universos, dos mundos o cosmos: el macrocosmos, que es el universo grande y exterior a nosotros, y el microcosmos, o pequeño universo, que es cada hombre. La liturgia misma, en la reforma que siguió al Concilio Vaticano II, sintió la necesidad de trasladar el acento de la fiesta, haciendo énfasis en su aspecto humano y espiritual, más que en el –por así decirlo— político. La oración de la solemnidad ya no pide, como hacía en el pasado, que «se conceda a todas las familias de los pueblos someterse a la dulce autoridad de Cristo», sino que «toda criatura, libre de la esclavitud del pecado, le sirva y alabe sin fin».

En el momento de la muerte de Cristo, se lee en el pasaje evangélico --recordémoslo--, pendía sobre su cabeza la inscripción «Jesús es el Rey de los judíos»; los presentes le desafiaban a mostrar abiertamente su realeza y muchos, también entre los amigos; se esperaban una demostración espectacular de su realeza. Pero Él eligió mostrar su realeza preocupándose de un solo hombre, y encima malhechor: «Jesús, acuérdate de mi cuando estés en tu reino. Le respondió: "En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso"».

En esta perspectiva, el interrogante importante que hay que hacerse en la solemnidad de Cristo Rey no es si reina o no en el mundo, sino si reina o no dentro de mí; no si su realeza está reconocida por los Estados y por los gobiernos, sino si es reconocida y vivida por mí. ¿Cristo es Rey y Señor de mi vida? ¿Quién reina dentro de mi, quién fija los objetivos y establece las prioridades: Cristo o algún otro? Según san Pablo, existen dos modos posibles de vivir: o para uno mismo o para el Señor (Rm 14, 7-9). Vivir «para uno mismo» significa vivir como quien tiene en sí mismo el propio principio y el propio fin; indica una existencia cerrada en sí misma, orientada sólo a la propia satisfacción y a la propia gloria, sin perspectiva alguna de eternidad. Vivir «para el Señor», al contrario, significa vivir por Él, esto es, en vista de Él, por y para su gloria, por y para su reino.

Se trata verdaderamente de una nueva existencia, frente a al cual la muerte ha perdido su carácter irreparable. La contradicción máxima que el hombre experimenta desde siempre –aquella entre la vida y la muerte-- ha sido superada. La contradicción más radical ya no es aquella entre «vivir» y «morir», sino entre vivir «para uno mismo» y vivir «para el Señor».

sábado, 16 de noviembre de 2013

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Lucas (21,5-19):


En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos.
Jesús les dijo: «Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.»
Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?»
Él contestó: «Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: "Yo soy", o bien: "El momento está cerca"; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.»
Luego les dijo: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.»


Palabra del Señor

José María Vegas, cmf


Lo que queda y lo que pasa

Al final del año litúrgico y antes de proclamar la definitiva victoria de Jesucristo, Rey del Universo, la Palabra de Dios nos enfrenta con la dimensión escatológica de nuestra fe: el problema del fin del mundo. Lucas, igual que los otros evangelistas, insiste en no dar importancia a la hipotética fecha de ese fin del mundo, que ni sabemos, ni, al parecer, podemos saber. Subraya, en cambio, la finitud y caducidad de las realidades de este mundo, y nos invita a fijar nuestra atención en las dimensiones permanentes y definitivas que ya están operando en nuestra vida, y hacer la elección correspondiente.

Decía Chesterton que cuando los hombres son felices crean instituciones. Con su peculiar perspicacia, hacía notar que los seres humanos tratamos de atrapar, conservar y prolongar por este medio nuestras experiencias afortunadas, nuestros momentos de dicha. Es una gran verdad. El problema es que también las instituciones envejecen y acaban pereciendo. Por ello, el esplendor, la fuerza, la belleza que adornan ciertos logros del ingenio del hombre, pese a su indudable valor, están también afectados por la caducidad de todo lo humano. Jesús lo constata hoy a propósito de la admiración que el lugar más sagrado de Israel suscita en sus discípulos. La piedra y los exvotos del templo, su esplendor externo, no están llamados a perdurar, todo está condenado a la destrucción. En esta profecía de Jesús se refleja muy probablemente la traumática experiencia de la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70. Incluso lo que nos parece más sagrado y firme está sujeto a la desaparición, por lo que hemos de fijar nuestra mirada más allá de las apariencias externas, como las piedras y los exvotos.

Acto seguido Jesús nos advierte de dos peligros aparejados al trauma de la fugacidad de nuestra condición temporal. El primero consiste en pensar que las catástrofes naturales (terremotos, epidemias, etc.) y humanas (guerras y revoluciones) las provoca Dios para anunciar amenazante el próximo fin del mundo. Jesús en ningún momento atribuye a la acción de Dios esas desgracias. Más bien hay que entender que todas ellas son expresión de la limitación propia del mundo: de la limitación física (los acontecimientos físicos y naturales) y moral (las acciones del hombre, autor de guerras e injusticias). Unas y otras nos avisan de que no es posible poner en ellas nuestra fe y nuestra confianza definitiva. Pero esto no significa que “el final vendrá enseguida”. Es decir, no es posible, en virtud de un supuesto inminente fin del mundo, desentenderse de los asuntos cotidianos, como, al parecer, hicieron algunos en las primeras comunidades cristianas, y a los que amonesta Pablo con severidad con su palabra y con su propio ejemplo: seguimos sometidos a la ley del trabajo, esto es, de la responsabilidad y del compromiso con las realidades de la vida diaria, en las que precisamente tenemos que dar cuenta de nuestra esperanza y testimonio de nuestra fe.

El segundo peligro o tentación de que nos advierte Jesús es el de tratar de superar las intrínsecas limitaciones físicas y morales de nuestro mundo pero dentro de él, instaurando ya, sea por los puros esfuerzos humanos, sea por ciertas confluencias cósmicas, el paraíso en la tierra, una nueva era de paz y armonía, en la que se eliminen o minimicen al máximo todas las causas del sufrimiento humano, y que sería la única salvación a la que nos sería dado aspirar. Los falsos profetas que tratan de usurpar el nombre de Jesucristo, que dicen de múltiples modos “soy yo”, “el momento de la salvación está cerca”, han sido y son legión. Unos lo hacen en nombre de determinadas ideologías políticas, otros en virtud del progreso científico, otros, por fin, apelan a los movimientos de los astros que marcan supuestos años cósmicos (y hay quienes combinan en una macedonia político-científico-mística todos estos motivos). Pero acomodarse a este mundo pasajero como si fuera definitivo es una solución tan falsa como lo es desentenderse del compromiso con la vida cotidiana.

Por decirlo gráficamente, si los que se inhiben de sus responsabilidades cotidianas y no trabajan no tienen derecho a comer (y se condenan a morir de hambre), los que trabajan sólo para comer no podrán por ello escapar de la muerte (el particular fin del mundo de cada uno) y del sinsentido que lleva consigo.

La destrucción por causas naturales o humanas no debe infundirnos, sin embargo, miedo, pánico o desesperación. Las palabras de Jesús son, más bien, una llamada a la confianza: existen valores y bienes permanentes, que podemos empezar a adquirir ya en esta vida, que no están sometidos a la fugacidad y limitación de este mundo, y que encontramos en plenitud precisamente en Jesucristo. Él es el único Señor y Salvador que, al adquirir la condición humana, se ha sometido ciertamente a las limitaciones físicas y morales propias de este mundo, y las experimenta en su cuerpo, hasta el extremo de padecer la injusticia de la muerte en cruz; pero ahí mismo manifiesta la victoria de la realidad que no pasa, que es el amor y la voluntad salvífica de Dios: Jesús es el verdadero y definitivo templo que atraviesa el fuego purificador de la muerte y, al superarla, se convierte en el sol que ilumina a los que creen en Él. Podemos así hacer la lectura cristiana del terrible tifón que ha azotado las islas Filipinas: no es un castigo de Dios, sino una enorme desgracia, expresión de las limitaciones de nuestro efímero mundo; Cristo está entre las víctimas, sus pequeños hermanos, padeciendo con y en ellas; en esta situación es posible vivir y realizar los valores del Reino de Dios que son más fuertes que la muerte, mediante la ayuda fraterna y solidaria por parte de todos a las víctimas de esta situación.

Para los que viven como sí sólo existieran los bienes pasajeros de este mundo, y también para los que viven desentendidos de la responsabilidad que la vida conlleva, los acontecimientos que expresan la limitación y fugacidad de nuestra condición mundana (guerras y terremotos) son como un fuego devorador que quema la paja y consume lo que no está llamado a perdurar: piedras y exvotos, comer y beber. Para los que están afincados en el Dios Padre de Jesucristo las desgracias reales que, igual que todo el mundo, pueden padecer (además de guerras y terremotos, también persecuciones a causa del a fe), no son experimentadas como “el fin del mundo”, causa de pánico y desesperación, sino como ocasiones de testimonio de la esperanza en los bienes no perecederos, que se expresan sobre todo en las obras del amor. Los que eligen los valores permanentes y definitivos de la verdad, la justicia, el amor y el servicio a sus hermanos, valores que en Cristo han encontrado su definitiva expresión, también son probados y purificados en el crisol de ese fuego devorador, pero no son destruidos por él, pues los ilumina el sol de justicia que es Cristo. Estos son los que han sabido dar testimonio, sea en la persecución que a veces se desata contra ellos (por parte de los falsos profetas del paraíso en la tierra), sea en el compromiso cotidiano y perseverante por construir en la ciudad terrena las primicias del Reino de Dios.

Ciertamente, cabe que este testimonio tenga en ocasiones un carácter anónimo: hay quienes han elegido la vía del servicio sincero a los hermanos, sin saber que es a Cristo al que están sirviendo (cf. Mt 25, 39-40). Pero para los creyentes ha de ser además un testimonio explícito, que se expresa en palabras de sabiduría, inspiradas por Cristo, y que hablan con especial elocuencia en los momentos de persecución. Aunque no todos los cristianos estamos llamados al martirio (“matarán a algunos de vosotros”, algo que en estos días se está verificando en varios países del mundo), todos estamos llamados a la disposición martirial, esto es, a testimoniar que nuestra fe y nuestra adhesión a Cristo Jesús vale para nosotros más que todos los bienes que podamos adquirir en este mundo. Este mundo nos presiona para que nos pleguemos a él, para que nos acomodemos a sus valores (a sus modas, sus slogans, sus normas de corrección), y lo hace en ocasiones de manera virulenta: mediante la persecución cruenta; otras veces, de manera “light”, ridiculizando o desprestigiando la fe, sus valores y sus exigencias. Ayer como hoy, no hay que tener miedo, sino hacer de todo ello, como nos dice Jesús, ocasión para anunciar lo que realmente vale, lo que no pasa nunca, al Único que nos salva del terremoto y de la guerra, del pecado y de la muerte.

sábado, 9 de noviembre de 2013

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Lucas (20,27-38):

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.» 
Jesús les contestó: «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob." No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.»

Palabra del Señor
Son como ángeles

Los saduceos no solían tener mucho trato con Jesús. Eran personajes demasiado importantes, alejados del pueblo, ocupados en conservar su privilegiada posición social y su poder a toda costa. Los interlocutores y oponentes habituales de Jesús eran los fariseos, maestros del pueblo, por tanto, cercanos a él y sinceramente creyentes, aunque su interpretación rígida y estrecha de la ley los llevaba a condenar a los pecadores y a chocar con la forma novedosa, abierta y misericordiosa en que Jesús presentaba la relación con Dios. En los fariseos podía haber ira, desacuerdo, oposición, pero había también relación e interés por la verdad, hasta el punto de que a veces se dejaban convencer por Jesús (cf. Mc 12, 32-34). La hipocresía de la que Jesús les acusa no deja de implicar un reconocimiento de la piedad que “usan” para mostrarse (recordemos a De la Rochefoucauld, que definía la hipocresía como “el homenaje que el vicio rinde a la virtud”).

En los saduceos encontramos una actitud distinta, que asoma en el diálogo del Evangelio de hoy. Su pecado no es la hipocresía, sino el cinismo, que se ríe abiertamente del bien, lo desafía y, en este caso, mira con desprecio y suficiencia la fe religiosa del pueblo y su esperanza en la resurrección. Al abordar a Jesús, usan una técnica similar a la de los fariseos para ponerlo en apuros: plantear una cuestión legal avalada por la autoridad de Moisés, pero en una situación de conflicto. Sólo que lo hacen en tales términos que la conclusión a que da lugar resulta ridícula. Eso es lo que buscan: dejar en ridículo la fe en la resurrección, que, como sabemos, se define con toda claridad en Israel en tiempos relativamente tardíos, en la época de los Macabeos (hacia el siglo II a.C.). La obligación establecida por Moisés a la que aluden, la ley del levirato (cf. Dt 25, 5-6), tenía por finalidad garantizar la descendencia del hermano difunto (y la transmisión legal de su herencia), la única forma de supervivencia aceptada entonces y signo de la bendición de Dios. El tecnicismo planteado por los saduceos pone bien a las claras que para ellos la resurrección de los muertos es un absurdo: desde el punto de vista legal “cuando llegue la resurrección” la mujer pertenecería a todos los hermanos al tiempo, puesto que ninguno de ellos podía exhibir la descendencia como “título de propiedad”. La cínica ironía de la pregunta se revela en lo ridículo de la situación que se crea para aquella mentalidad patriarcal: un harén de hombres en torno a una única mujer.

Y es que para los saduceos, “que niegan la resurrección”, el único bien posible se da sólo en este mundo, y ellos se aplicaban con todas sus fuerzas a su consecución: la riqueza, el éxito social y el poder. La base que les garantizaba la posesión de estos bienes era la misma ley del levirato, el hecho de ser descendientes de Sadoc; y, por tanto, para ellos, la descendencia era el único modo de pervivir tras la muerte: conservar el patronímico –el apellido–, pero también el patrimonio. En una sociedad religiosa, esos bienes estaban ligados al culto y al templo de Jerusalén; en un pueblo ocupado, era necesario además colaborar con el ocupante; a nada de eso le hacían asco los saduceos. Es claro que, dependiendo de las circunstancias, los saduceos no habrían tenido empacho en convertirse en funcionarios del partido o en accionistas mayoritarios de cualquier sociedad anónima. Cuando no existen valores trascendentes sólo quedan los que cotizan en bolsa. La perspectiva inquietante de una posible “justicia superior”, que pudiera exigirnos renunciar a los bienes de que disfrutamos ahora por ascendencia y posición social, se puede y debe exorcizar desacreditándola convenientemente, por ejemplo, ridiculizándola. Como vemos, la historia no aporta tantas novedades como a veces creemos.

Pero la respuesta de Jesús está llena de sentido y sabiduría, y pone de relieve la debilidad interna del cinismo saduceo. En primer lugar, los saduceos han planteado mal la cuestión, trasladando a la situación de la vida futura las estructuras e instituciones que sólo tienen sentido en este mundo efímero y pasajero. “En esta vida, dice Jesús, hombres y mujeres se casan”, y podría añadir: “tienen hijos, acumulan riquezas, dejan herencias”. Todo eso es expresión de la limitación propia de este mundo espacio-temporal, que no podemos trasladar al ámbito de la vida eterna, que no es simplemente una vida sin fin, sino una vida plena, en la que todo lo bueno se conserva (se salva), al tiempo que se superan las limitaciones que aquí impiden la plenitud. Eso es lo que significa: “no se casarán, no pueden morir, son como ángeles, son hijos de Dios, participan de la resurrección” (que es lo mismo que decir, que participan de la vida del Resucitado, Jesucristo, Hijo de Dios). No se puede medir el mundo del más allá (que escapa a todo esfuerzo de imaginación) con los parámetros del más acá. Al revés, tenemos que medir nuestra vida terrena (nuestras relaciones, nuestros valores, nuestros comportamientos y elecciones, etc.) con los criterios de lo alto.

Ahora bien, ¿cómo es esto posible? Que ese mundo del más allá no se pueda imaginar, no significa que no se pueda pensar y entender a la luz de la fe. Ese es el sentido de la segunda parte de la respuesta de Jesús. En el episodio de la zarza (cf. Ex 3, 1-14) Dios se revela a Moisés y le comunica su nombre (“el que soy”, es decir, el que seré, el que estaré con vosotros, cumpliendo mis promesas) bajo la forma de un fuego que arde sin destruir: Dios purifica como el fuego, pero no destruye, no es portador de muerte, sino de vida. Dios se manifiesta en este mundo, en el que de múltiples formas reina la muerte: la belleza, la fuerza, la riqueza, todo se revela efímero y pasajero, aquejado por la relatividad del espacio y el tiempo. Sin embargo, existen realidades que nos indican que no todo está sometido al poder destructor de la muerte. La fidelidad, la verdad, la justicia, el amor trascienden la relatividad del espacio y del tiempo: son como signos sacramentales de la eternidad en el tiempo. De hecho, nuestra intuición cotidiana nos dice que, aunque sea difícil, merece la pena y tiene sentido sacrificar bienes inmediatos por estos otros bienes más elevados, y que es noble y tiene sentido dar la vida por ellos. El filósofo francés E. Mounier decía que “una persona sólo alcanza su plena madurez en el momento en que ha elegido fidelidades que valen más que la vida.” Pero si hay fidelidades y valores que valen más que la vida, es que hay dimensiones que la trascienden y que podemos conocer; ¿cómo, si no, podríamos entregarnos a ellas y por ellas dar la vida?

El caso de los Macabeos, en la primera lectura, se convierte hoy para nosotros en un símbolo de todos aquellos que han estado dispuestos a renunciar a su vida por un ideal. Encontramos aquí el testimonio de que en las condiciones relativas de este mundo se hacen presentes valores y exigencias absolutas que trascienden la vida biológica: la integridad personal es incomparablemente más que la integridad física, a la que los jóvenes macabeos renuncian con tal de mantenerse fieles a su fe. Estas exigencias absolutas, por las que merece la pena dar la propia vida, laten con fuerza incluso en humanismos ateos que, aun a costa de la propia vida y felicidad individual, pretenden instaurar variantes del reino de Dios en este mundo, y que no son sino formas secularizadas del altruismo cristiano. Pero esta generosidad real es, en el fondo, ilusoria si no existe el bien absoluto e incondicional, pues significa entregar el único bien relativo de la propia y efímera existencia en nombre de un bien futuro cuya consecución no está garantizada y que, en el fondo, ni siquiera existe. Hay que reconocer que, en este sentido, la posición de los saduceos (de ayer y de hoy) no es nada simpática, pero es más coherente.

En su respuesta, Jesús está diciendo que el Dios eterno y absoluto se ha hecho presente en la historia de los hombres abriendo nuevos horizontes de vida. Los abre indirectamente, mediante esos valores “que valen más que la vida”. Pero también de forma directa, en la Revelación, en Jesús de Nazaret, que renunciando libremente a su vida por amor nos ha abierto el camino de la vida plena. Jesús no ironiza, como los saduceos, pero pone de relieve con seriedad y agudeza lo absurdo de la fe en un Dios que nos condena a la muerte y, todo lo más, nos conserva en un recuerdo que no va a durar, pues, quitando unos pocos personajes históricos, “conservados” en las páginas de los libros de historia y en los nombres del callejero, ¿quién guarda memoria de nadie, poco más allá de sus abuelos? Y por muy grandilocuentes promesas que hagamos de “recordar para siempre”, también esa lábil memoria desaparecerá cuando nosotros mismos seamos pronto olvidados. La única “memoria eterna” que tiene sentido real es la de permanecer en la mente de Dios, en comunión con Él. El Dios que se acuerda de Abraham, Isaac y Jacob es el Dios que no los deja tirados en cualquier esquina de la historia, sino el Dios que tras crear y darles la vida, los salva y los rescata de la muerte. Jesús, al hacer callar a los saduceos, fortalece hoy nuestra esperanza. Y, por medio de las palabras de Pablo, nos hace entender que la esperanza de la que hablamos no es una pasiva espera de un “mundo futuro”, sino una fuerza para hacer “toda clase de obras buenas” que hacen presente ya hoy ese futuro de plenitud. Se trata, pues, de una esperanza que nos anima a entregarnos y a arriesgar por esos valores que valen más que la vida, que nos enseña que el riesgo de hacer el bien no es hacer el primo, sino que merece la pena. Todo bien procede de Dios, fuente de la vida. Sacrificar la vida por el bien es conectar con esa fuente, que por medio de Jesucristo ha plantado su tienda entre nosotros. En una palabra, podemos empezar a ser ya desde ahora “como ángeles”, portadores de la buena nueva de Dios, anunciadores con nuestras buenas obras de la presencia viva entre nosotros del Hijo de Dios, muerto y resucitado.

lunes, 4 de noviembre de 2013

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Lucas (19,1-10):

Jesús entró en Jericó e iba atravesando la ciudad. Vivía en ella un hombre rico llamado Zaqueo, jefe de los que cobraban impuestos para Roma. Quería conocer a Jesús, pero no conseguía verle, porque había mucha gente y Zaqueo era de baja estatura. Así que, echando a correr, se adelantó, y para alcanzar a verle se subió a un árbol junto al cual tenía que pasar Jesús.
Al llegar allí, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja en seguida porque hoy he de quedarme en tu casa.»
Zaqueo bajó aprisa, y con alegría recibió a Jesús. Al ver esto comenzaron todos a criticar a Jesús, diciendo que había ido a quedarse en casa de un pecador.
Pero Zaqueo, levantándose entonces, dijo al Señor: «Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes; y si he robado algo a alguien, le devolveré cuatro veces más.» Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque este hombre también es descendiente de Abraham. Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido.»

Palabra del Señor


Zaqueo en la higuera

Jericó, puerta de entrada a la tierra prometida, es también el lugar por el que Jesús se acerca a Jerusalén para realizar allí su entrada en la gloria por la puerta estrecha de la cruz. Es un lugar adecuado para manifestar el sentido pleno de su vida y su misión: a qué ha venido el Hijo del hombre. La respuesta a esta pregunta, es decir, esta manifestación, se realiza no de forma teórica o abstracta, sino bien concreta y práctica: por medio del encuentro con seres de carne y hueso, como Zaqueo. Lo primero que sabemos de él es que era un tipo importante, jefe y, además, rico. Pero ninguno de esos atributos, tan sobresalientes de tejas abajo, le servían para ver lo esencial. Los puestos que alcanzamos, el éxito, la fama, la riqueza todo esto no nos hace grandes a los ojos de Dios. Zaqueo, hombre importante y rico era, sin embargo, pequeño y, por eso, no podía alcanzar a ver a Jesús. Hay cosas que parecen engrandecernos humanamente, según los criterios del mundo, pero que no nos dan la altura (moral, espiritual, de miras, como queramos decirlo), para ver aquello que nos puede salvar, que nos hace ser algo más que un “personaje”, y nos ayuda a ser de verdad nosotros mismos. Zaqueo, grande en un sentido (para ser visto por los demás) y pequeño en otro (para ver a Jesús), tuvo la capacidad y la sabiduría de reconocer su propia pequeñez: descubrió que los atributos de su grandeza no le servían de nada a la hora de encontrarse con Cristo. Por eso, sin reparar en su dignidad, o en lo que los otros (que lo conocían tan bien) pudieran pensar, buscó un remedio adecuado a la pequeñez reconocida y aceptada. Como un muchacho (haciéndose como un niño) se subió a una higuera, elevándose por encima de su propia miseria, de modo que pudo ver al Maestro que atravesaba la ciudad. Y lo importante es que Jesús lo vio a él, reparó en su presencia y se invitó a su casa.

No es secundario el detalle de que se subiera a una higuera. En la Biblia la higuera es símbolo del pueblo de Dios. Esa higuera podía tener una excelente apariencia, muchas hojas, y, sin embargo, ser perfectamente estéril. Jesús maldijo una higuera llena de hojas por no tener frutos (cf. Mt 21, 18-20) justo antes de purificar el templo, signo de una religión tan solemne como vacía. Pero Jesús no desespera de su pueblo y considera que la purificación puede acabar fructificando: en la parábola de la higuera estéril (cf. Lc 13, 6-9) se apela a la paciencia de Dios, que da un plazo supletorio para que el viñador la trabaje y dé frutos.

Zaqueo simboliza cómo la paciencia de Dios es fecunda, y justo allí donde menos se esperaba. Los fariseos, seguros en sí mismos, prontos a condenar a los pecadores oficiales, son como las hojas de ese árbol, que ha fructificado, sin embargo, en el pequeño gran Zaqueo, que ha buscado a Jesús y lo ha acogido en su casa.

Al contemplar esta escena caemos en la cuenta de que ciertos aspectos en principio negativos de nuestra vida pueden jugar un papel positivo y salvador. Zaqueo fue capaz de reconocer su pequeñez (que era un pecador) y buscó un remedio: subirse a la higuera. Es un buen ejemplo de lo que el Evangelio nos decía justo hace una semana: el que se humilla será ensalzado. Reconocer humildemente su pequeña estatura le sirvió para poder elevarse y ser encontrado por Jesús. También la primera lectura insiste en ello. La nada que somos ante Dios halla su remedio en la compasión de este Señor, amigo de la vida, en el que no hay lugar para el odio, que sólo crea y conserva lo creado y, cuando el pecado ensombrece la bondad de su obra, responde con el perdón y la misericordia. Este hermosísimo canto a la bondad de Dios y a la positividad de todo lo creado tiene especial relieve si tenemos en cuenta el contexto en que está escrito: el autor del libro de la Sabiduría reflexiona sobre la historia de la salvación y, en este preciso momento, está hablando no de Israel, sino de Egipto y de cómo los castigos que, en la tradición de Israel, Dios mandó a este pueblo idólatra y explotador del pueblo de Dios, no tenían un sentido destructor, sino que estaban dirigidos por una pedagogía salvífica y amorosa que alcanza a todos los seres, también a nuestros presuntos enemigos, sobre los que Dios también hace salir el sol y manda la lluvia (cf. Mt 5, 45). Y vemos aquí cómo lo que a nuestros ojos aparece como mal, como desgracias, limitaciones, defectos, Dios puede convertirlo en bien, en ocasión para una llamada y un encuentro salvador. Jesús, que atraviesa Jericó dirigiéndose a Jerusalén, es el mejor ejemplo, pues en Jerusalén va a encontrar una muerte que será fuente de vida y salvación.

En Zaqueo se anticipa ya esta acción salvífica. No sabemos de qué hablarían durante la comida, pero sí que conocemos los frutos de aquella conversación. Jesús habló y Zaqueo respondió a su Palabra. La presencia de Jesús en su casa le ayudó a sacar lo mejor de sí mismo: donde había injusticia, fraude y egoísmo, aparecen justicia, reparación y generosidad sobreabundante. Como dice Jesús, en respuesta al arrepentimiento y la conversión de Zaqueo, “la salvación ha llegado hoy a esta casa”. La salvación que porta Jesús nos ayuda a encontrar nuestra verdad, a llegar a ser el que realmente somos. Zaqueo significa “puro”. Sólo tras el encuentro con Cristo, Zaqueo empieza a ser sí mismo. Verdadero fruto de la higuera que representa al pueblo de Dios, Jesús con su presencia ha rescatado al que, sí, estaba perdido, pero que era también hijo de Abraham.

Zaqueo nos invita a pensar de qué cosas nos sentimos ricos e importantes, pero que nos hacen pequeños ante Dios y nos impiden ver al Jesús que pasa cerca de nosotros. Reconocer nuestra pequeñez es el mejor modo de hacernos encontradizos con Él y acogerlo en nuestra casa y dejar que nos hable al corazón. Jesús nos trae la salvación, nos libera de nuestras esclavitudes, saca de nosotros lo mejor de nosotros mismos, nos descubre lo que realmente somos y estamos llamados a ser: hijos de Dios.

Pablo nos avisa hoy de que no nos calentemos la cabeza con supuestas revelaciones acerca del fin del mundo. Hay quienes andan preocupados por venidas divinas terribles, llenas de amenazas y castigos por nuestros pecados, pero que poco tienen que ver con el Dios compasivo que “cierra los ojos a los pecados de los hombres”, que no ha venido a condenar sino a salvar y a buscar a lo que estaba perdido. La venida que nos debe interesar ante todo es este “pasar” cotidiano de Jesús a través de nuestra ciudad, de nuestra vida, y que se quiere encontrar con nosotros e invitarse a nuestra casa. Se trata de un encuentro que nos llama a iniciar un camino, una vocación que hemos de ir realizando día a día, pidiendo en la oración cotidiana (en la conversación con el Cristo que habla sentado a nuestra mesa) que Dios nos dé fuerza para que, como en el caso de Zaqueo, no se quede sólo en buenos deseos, sino que dé frutos de buenas obras.

domingo, 27 de octubre de 2013

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

Evangelio según San Lucas 18,9-14. 

Y refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola: 
"Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. 
El fariseo, de pie, oraba así: 'Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. 
Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas'. 
En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: '¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!'. 
Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado". 


Leer el comentario del Evangelio por  
San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia 
Discurso sobre los salmos, Salmo 85, 2-3

“Dios mío, ten compasión de mí que soy un pecador.”

“Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy humilde y pobre.” (Sal 85,1) El Señor no inclina su oído al rico sino al pobre y miserable, al que es humilde y confiesa sus faltas, al que implora la misericordia. No se inclina al satisfecho que se jacta y se envanece como si nada le faltara y que dijo: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como el resto de los hombres,... ni como ese publicano.” (Lc 18,11) El rico fariseo exhibía sus méritos, el pobre publicano confesaba sus pecados.

Todos los que rechazan el orgullo son pobres delante de Dios y sabemos que Dios tiende su oído hacia los pobres y los indigentes. Reconocen que su esperanza no puede apoyarse ni en oro o plata ni en sus bienes que, por un tiempo, enriquecen su morada... Cuando un hombre menosprecia en sí todo aquello que infla el orgullo es pobre ante Dios. Dios inclina hacia él su oído porque conoce los sufrimientos de su corazón.

Aprended, pues, a ser pobres e indigentes, teniendo o no teniendo bienes de este mundo. Uno puede encontrar a un mendigo orgulloso y a un rico convencido de su miseria. Dios se niega a los orgullosos, tanto si van vestidos de seda o cubiertos de harapos. Otorga su gracia a los humildes, sean o no notables de este mundo. Dios mira lo interior: aquí examina y juzga. Tú no ves la balanza de Dios. Tus sentimientos, tus proyectos, los mete en el platillo... ¿Hay a tu alrededor o dentro de ti algún objeto que estás tentado a retener para ti?

¡Recházalo! Que sólo Dios sea tu seguridad. ¡Estad hambrientos de Dios para que él os sacie!

lunes, 21 de octubre de 2013

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68


Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,1-8):

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: "Hazme justicia frente a mi adversario." Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: "Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara."»
Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»

Palabra del Señor


¿Encontrará esta fe en la tierra? ¿Qué fe es ésta?

La pregunta con la que termina Jesús hoy su breve pero densa catequesis sobre la oración es inquietante. Vivimos tiempos en los que parece que, al menos en nuestro mundo occidental, la fe va enflaqueciendo, disminuyendo a ojos vista, convirtiéndose en algo marginal incluso, para muchos, exótico y estrambótico. Pero Jesús no pregunta si cuando vuelva encontrará fe en la tierra, sino precisamente esta fe. No le preocupan sobre todo las estadísticas religiosas, la cantidad de los que se declaran creyentes y van a la Iglesia, pues su pregunta se refiere más a la calidad (¿encontrará esta fe?) que a la cantidad (¿encontrará fe en general?).

Se trata de si, más allá de los datos sociológicos, será posible encontrar esa fe de los que confían de verdad en Dios, de los que creen que Dios escucha sus ruegos y hace justicia a los que le gritan día y noche.

Esta afirmación tajante de Jesús suscita en muchos de nosotros una cierta desazón, pues si no fuera porque lo dice Jesús, nos sentiríamos inclinados a impugnarla o, al menos, a rebajar mucho su alcance. Todos podríamos ofrecer evidencias en contrario: la experiencia del silencio de Dios, que parece no escuchar nuestros ruegos, que no los responde, incluso cuando están hechos de manera desinteresada, en sintonía con el espíritu cristiano y con la fe de la Iglesia. El silencio de Dios resulta a veces desesperante.

Posiblemente los propios discípulos de Jesús tenían en ocasiones una impresión parecida. No es difícil imaginar que ellos oraban cotidianamente con Jesús y en torno a Él: entonaban salmos y cantaban himnos, también unirían sus voces a la de Jesús para elevar a Dios la plegaria del Padrenuestro que Él mismo les había enseñado. Y, pese a todo, no dejaban de experimentar las dificultades de la vida, las penurias del seguimiento, las oposiciones, acompañadas de fuertes amenazas y peligros. Y puede ser que se plantearan más de una vez, incluso en voz alta, la duda de si ese buen Dios y Padre del que les hablaba Jesús estaba realmente pendiente de ellos, pendiente de Aquel que se decía Hijo y enviado suyo.

Es significativo que Jesús dirige esta catequesis a sus discípulos y no a la masa; se dirige a nosotros, los creyentes, para invitarnos a comprobar la calidad de nuestra fe, si “creemos en general” o tenemos esta fe, la de los hijos que confían en que Dios está pendiente de ellos y los escucha. Para iluminar de qué fe se trata, nos cuenta una breve historia edificante. Se trata de un juez que no sólo es un mal juez, es un auténtico canalla. No es posible no atender a la extrema dureza con la que Jesús describe al primer protagonista de la historia: ni temía a Dios ni le importaban los hombres. No temer a Dios en una sociedad religiosa como aquella era un pecado extremo, y especialmente para un juez que desempeñaba una función directamente religiosa. No temer a Dios no es lo mismo que no creer en Él, pero en la práctica es casi igual: es vivir como si Dios no existiera. “Largo me lo fiáis”, dice el impío Juan Tenorio; pero tales personajes toman la voz con frecuencia en el Antiguo Testamento: “No tengo miedo a Dios ni en su presencia. Se hace la ilusión de que su culpa no será descubierta ni aborrecida” (Sal. 35); “Ellos dicen: ¿Es que Dios lo va a saber, se va a enterar el Altísimo?” (Sal. 72). Y si alguien no teme a Dios, tanto menos le han de importar los hombres. Pese a la sensibilidad actual para la solidaridad, también esta actitud de indiferencia, ignorancia culpable y hasta desprecio por los demás, incluso por aquellos con los que tenemos obligaciones concretas, abunda en nuestro tiempo. Pues bien, hasta un individuo de esta pésima catadura, modelo de maldad antigua y moderna, acaba haciendo justicia ante la insistencia de la viuda, expresión del extremo desamparo, y que, por cierto, no pide favores ni limosnas, sino que se le haga justicia. Es verdad que las motivaciones del juez no son precisamente muy limpias, pues cumple para quitarse de en medio una molestia. Pero, al fin y al cabo, en el ámbito de la ley, no importa tanto la motivación del que la imparte, sino el que lo haga de manera conforme a las leyes.

La historia del juez injusto y la pobre viuda ilustra y pone de relieve la importancia de la perseverancia y la insistencia. Es preciso orar siempre y sin desanimarse. Esa constancia y fidelidad, que desafía las evidencias, es signo de una fe que confía y espera. Si esa insistencia es eficaz incluso en el caso de los malvados, como ese juez, tanto más, ha de ser acogida por Aquel que está pendiente de los suyos que le gritan día y noche. Ante la evidencia de que a veces Dios parece no escuchar nuestras peticiones, cabe preguntar, ¿pedimos con insistencia, gritando día y noche? Pues no basta con que dirijamos ocasionalmente un leve pensamiento hacia Dios mandándole un recado, expresándole algún deseo, mientras nuestra mente y nuestro corazón están casi completamente ocupados en otros asuntos, en los que, por cierto, apenas le damos cabida a ese Dios del que exigimos pronta respuesta.

Hasta ahora nos hemos referido a la oración de petición. Jesús mismo nos ha dado pie a ello. Y nos ha dicho que Dios no nos dará largas, nos hará justicia sin tardar. Ante la impresión de que no siempre es así, reconociendo que nuestra oración no siempre es lo suficientemente confiada y perseverante, podemos tratar de comprender, a tenor de las palabras de Cristo, cómo nos escucha Dios.

Su aparente silencio tiene mucho que ver con los ritmos diferentes de nuestro tiempo y el tiempo de Dios (si puede hablarse así). En el silencio de Dios ante muchas de nuestras peticiones ya nos está diciendo una cosa muy importante: Él no se deja manipular por nosotros, no es un talismán mágico al servicio de nuestros intereses, ni el recurso de última instancia cuando los nuestros se han revelado insuficientes o ineficaces (si hubieran sido suficientes y eficaces, muy posiblemente hubiéramos preservado celosamente el espacio de nuestra autonomía a cualquier intromisión, incluida la de Dios). Al fomentar nuestra perseverancia, Dios favorece que le abramos el alma, de manera que nos pueda dar mucho más de lo que podemos pedir o imaginar. De este modo, Dios va respondiendo a nuestras necesidades más hondas, no siempre expresadas en la oración: nos va transformando poco a poco en la medida en que le damos acceso a nuestro interior.

El ensanchamiento del alma y del corazón nos abre además a las necesidades de los demás. Esto nos cura del egoísmo que también puede darse en la vida espiritual, cuando nos ocupamos de pedirle a Dios por nosotros y por los nuestros, mientras permanecemos indiferentes a las necesidades de los demás, del mundo, de la Iglesia, de los que sufren de múltiples formas. Y es que la verdadera oración de petición no puede no ser, al mismo tiempo, una oración de intercesión, en la que nos ponemos ante Dios como intermediarios de la humanidad entera.

Al contemplar a Moisés intercediendo ante Dios por su pueblo en peligro, en la cima de la montaña con los brazos en cruz, no podemos no descubrir en él la figura del gran y único intercesor entre Dios y los hombres, Jesucristo, que en la cima del monte, clavados sus brazos en la cruz, intercede ante el Padre por todos nosotros, invocando el perdón para sus verdugos, gritando la desesperación y la oscuridad de los que se creen abandonados de Dios, entregando finalmente su espíritu confiadamente en las manos del Padre. Jesús es para nosotros modelo de oración en toda su vida, desde el nacimiento hasta la muerte. Al contemplarlo, especialmente al considerar su trágico final, podríamos preguntarnos si no le pasó a él, que nos exhorta a orar sin desfallecer, lo que nos pasa a nosotros: que “habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte” (Hb 5, 7), finalmente no fue escuchado, puesto que acabó muriendo ignominiosamente en la cruz. Y, sin embargo, la carta a los Hebreos dice que “fue escuchado por su actitud reverente”. Los ruegos y súplicas de Jesús hallaron respuesta no en una salvación provisional del suplicio de la cruz, sino en la victoria definitiva sobre el mal y la muerte en la Resurrección.

Así pues, si queremos orar con perseverancia, sin desfallecer, con plena confianza, tenemos que orar en Cristo, identificándonos con Él, haciendo nuestros sus mismos sentimientos, “que siendo de condición divina… se despojó de su rango… y se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2, 6-8). Haciendo nuestros los sentimientos de Cristo aprenderemos a pedir a Dios lo que Él quiere que le pidamos, y también a pedirle en nuestra necesidad, pero con la disposición con que pedía Cristo en la suya: “Padre, si es posible aparte de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mt 26, 39; Lc 22, 42); es decir, en una actitud de confianza plena, que es más fuerte que la desgracia y que la misma muerte.

Hemos de reconocer que tenemos que aprender a orar. Si ya lo hacemos, hemos de mejorar la calidad de nuestra oración, para orar con esa fe que Jesús quiere encontrar a su venida. Si no tenemos el hábito de la oración, siempre estamos a tiempo de iniciar este camino, exigente, duro (la perseverancia no es una virtud fácil), pero fascinante y que esconde tesoros que superan nuestra imaginación. La escuela de la oración, de toda oración, de petición, de intercesión, de acción de gracias, alabanza y adoración es la contemplación y la escucha del Maestro, de Jesucristo. Y lugar privilegiado de este aprendizaje es su Palabra, la Escritura inspirada que, como nos recuerda Pablo, nos da la sabiduría de la fe, que conduce a la salvación, que nos enseña, a veces nos reprende y corrige, nos educa en la virtud, nos equipa para toda obra buena. En la escucha y acogida de la Palabra aprendemos a orar como conviene, y esa oración no nos encierra en nosotros mismos, sino que nos envía a proclamarla, a testimoniarla, a ponerla en práctica. Y, así como en la oración aprendemos a ser perseverantes, así en la práctica de las buenas obras y en el trato con los demás, además de la proclamación y el testimonio sin miedo y sin compromisos (a tiempo y a destiempo), la Palabra nos enseña también la paciencia, pues no somos nosotros los que tenemos que cambiar a los demás, sino que también aquí hay que confiar en la sabia pedagogía de Dios.

De esta manera, siendo constantes en la oración confiada, en el testimonio y en las buenas obras, conservaremos la fe y la transmitiremos a las generaciones futuras, de modo que, cuando vuelva, el Hijo del hombre encuentre esta fe en la tierra.

sábado, 12 de octubre de 2013

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

EVANGELIO 
Lc 17, 11-19

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas.

Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea. Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: "¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!". Al verlos, Jesús les dijo: "Vayan a presentarse a los sacerdotes". Y en el camino quedaron purificados. Uno de ellos, al comprobar que estaba sanado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano. Jesús le dijo entonces: "¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?". Y agregó: "Levántate y vete, tu fe te ha salvado".

Palabra del Señor.


CREER SIN AGRADECER

El relato comienza narrando la curación de un grupo de diez leprosos en las cercanías de Samaría. Pero, esta vez, no se detiene Lucas en los detalles de la curación, sino en la reacción de uno de los leprosos al verse curado. El evangelista describe cuidadosamente todos sus pasos, pues quiere sacudir la fe rutinaria de no pocos cristianos.

Jesús ha pedido a los leprosos que se presenten a los sacerdotes para obtener la autorización que los permita integrarse en la sociedad. Pero uno de ellos, de origen samaritano, al ver que está curado, en vez de ir a los sacerdotes, se vuelve para buscar a Jesús. Siente que para él comienza una vida nueva. En adelante, todo será diferente: podrá vivir de manera más digna y dichosa. Sabe a quién se lo debe. Necesita encontrarse con Jesús.

Vuelve “alabando a Dios a grandes gritos”. Sabe que la fuerza salvadora de Jesús solo puede tener su origen en Dios. Ahora siente algo nuevo por ese Padre Bueno del que habla Jesús. No lo olvidará jamás. En adelante vivirá dando gracias a Dios. Lo alabará gritando con todas sus fuerzas. Todos han de saber que se siente amado por él.

Al encontrarse con Jesús, “se echa a sus pies dándole gracias”. Sus compañeros han seguido su camino para encontrarse con los sacerdotes, pero él sabe que Jesús es su único Salvador. Por eso está aquí junto a él dándole gracias. En Jesús ha encontrado el mejor regalo de Dios.

Al concluir el relato, Jesús toma la palabra y hace tres preguntas expresando su sorpresa y tristeza ante lo ocurrido. No están dirigidas al samaritano que tiene a sus pies. Recogen el mensaje que Lucas quiere que se escuche en las comunidades cristianas.

“¿No han quedado limpios los diez?”.¿No se han curado todos? ¿Por qué no reconocen lo que han recibido de Jesús? “Los otros nueve, ¿dónde están?”. ¿Por qué no están allí? ¿Por qué hay tantos cristianos que viven sin dar gracias a Dios casi nunca? ¿Por qué no sienten un agradecimiento especial hacia Jesús? ¿No lo conocen? ¿No significa nada nuevo para ellos?

“¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”. ¿Por qué hay personas alejadas de la práctica religiosa que sienten verdadera admiración y agradecimiento hacia Jesús, mientras algunos cristianos no sienten nada especial por él? Benedicto XVI advertía hace unos años que un agnóstico en búsqueda puede estar más cerca de Dios que un cristiano rutinario que lo es solo por tradición o herencia. Una fe que no genera en los creyentes alegría y agradecimiento es una fe enferma.

sábado, 28 de septiembre de 2013

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68


Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Lucas (16,19-31):

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: "Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas." Pero Abrahán le contestó: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros." El rico insistió: "Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento." Abrahán le dice: "Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen." El rico contestó: "No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán." Abrahán le dijo: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto."»

Palabra del Señor


Para superar el abismo


La primera y la segunda lectura presentan respectivamente dos géneros de vida diametralmente opuestos. El primero de ellos, denunciado por el profeta Amós, bien podría ser calificado de un “consumismo avant la lettre”. Completamente centrado en el disfrute personal y sin medida, su pecado más grave no consiste, en realidad, en ese mismo disfrute, sino sobre todo en el olvido y el desprecio hacia la suerte de los que sufren. Es una suerte que reclama la atención y la ayuda de los que tienen los medios para aliviarla en todo o en parte, pero que deciden que el sufrimiento ajeno no va con ellos (aunque es más queprobable que la excesiva riqueza de estos sea la causa directa de la excesiva pobreza de aquellos). Por eso, advierte el profeta, los que así actúan acabarán padeciendo una suerte similar a la de los que han despreciado. Y es que las riquezas de este mundo son efímeras, y quien se entrega a ellas como a un absoluto está labrando su propia perdición. El segundo género de vida es diametralmente opuesto: Pablo exhorta a su discípulo Timoteo a comportarse como un “hombre de Dios”, y enumera las cualidades que deben adornarlo: justicia, piedad, fe, amor, paciencia, delicadeza. No hay que ver aquí una sucesión jerárquica. Son cualidades propias de quien no vive en la disolución, sino en la tensión de un combate, el combate de la fe, que significa el testimonio de vida de quien cree en Jesucristo. Jesucristo es el camino que nos lleva a una vida plena, a una vida de total comunión con Dios y con los hermanos. Pero esa comunión empieza ya en esta vida: quien cree en Jesucristo no puede estar ocioso ni ocuparse sólo de su propia satisfacción, física o espiritual: ha de ser alguien que se dedica a tender puentes de comunión, y que, en consecuencia, se duele “del desastre de José”, esto es, que no permanece impasible ante el sufrimiento de los demás y trata de superar los abismos que separan a los seres humanos y que son la causa de esos sufrimientos.

El rico Epulón, que banqueteaba espléndidamente cada día, es la figura que en la parábola de Jesús encarna a los disolutos de Amós. Como ya se ha dicho, su mayor pecado no es la gula (o la lujuria que iría muy posiblemente aparejada), sino su insensibilidad, su ceguera para ver la necesidad del que, a la puerta de su casa, ansiaba saciarse con las migas de su mesa, pero que no fue objeto de su compasión, y fue tratado peor que los perros que merodeaban por allí. Frecuentemente la gula, la lujuria, el egoísmo, el exceso de sensaciones referidas a uno mismo, ciegan para percibir las necesidades de los otros: su hambre y sed, su desnudez y enfermedad, su falta de afecto y autoestima.

La situación descrita es clara y sencilla. No es Dios el responsable del hambre y los sufrimientos del pobre Lázaro. Los abismos que median entre ricos y pobres, entre víctimas y verdugos, entre poderosos y débiles, no están escritos en las estrellas, ni son el producto de un destino inevitable, ni son, por tanto, insuperables. Los hemos creado nosotros. Y podemos y debemos superarlos nosotros y, precisamente, en esta vida, en este mundo, en este tiempo en que vivimos. Después ya será demasiado tarde. No hay aquí absolutamente nada de justificación de la injusticia en nombre de una futura recompensa en el más allá. Al contrario, percibimos aquí toda la seriedad de la denuncia contra toda forma de injusticia, y de la llamada a tomar medidas reparadoras en esta vida, pues después será demasiado tarde. 

Precisamente porque la vida es una cosa seria, no hay que tomársela a broma, ni podemos pasarla banqueteando (o, más probablemente, trabajando sólo para poder banquetear). Esta vida limitada en el espacio y el tiempo es el tiempo de nuestra responsabilidad, en el que decidimos nuestro destino, nuestro “tipo” (el del disoluto, o el del hombre de Dios) y, en cierta medida, la fortuna de los que están cerca de nosotros. Lo que hagamos en este tiempo y espacio que Dios nos ha cedido por completo quedará así para siempre. Esos abismos que hemos de superar construyendo puentes de justicia, misericordia, ayuda y compasión, se harán insuperables una vez concluido nuestro periplo vital. Insisto, la vida es cosa seria. Hay cosas con las que no se debe jugar. La verdadera fe religiosa es una llamada a esa seriedad de la vida, a la libertad responsable, al testimonio de fe, con el que vamos construyendo ese camino que nos vincula con los demás y nos conduce a la vida eterna, a la vida plena.

Pero, ¿no es esta responsabilidad excesiva para nuestras pobres espaldas? Pues somos débiles y limitados en el conocimiento y en la voluntad. ¿No es demasiado para nosotros exigirnos que decidamos nuestro destino definitivo en los avatares cambiantes de la historia?

En realidad, Dios no nos ha dejado solos. En nuestra conciencia y también en la Revelación encontramos múltiples indicadores que nos ayudan a tomar la decisión correcta, el modo de superar los abismos, de encontrar el camino que nos lleva “la casa del Padre”. Es cierto que hay situaciones conflictivas y difíciles en las que no es tan sencillo acertar con la solución correcta. Pero nadie nos pide imposibles. Si tenemos buena voluntad, lo importante es que tratemos de hacer las cosas lo mejor que podamos. Además, estamos en proceso y también se puede aprender de los errores. No se nos pide ser perfectos, sino adoptar una orientación fundamental que deseche la de la primera lectura y adopte la de la segunda.

Pero podría objetarse, ¿por qué Dios no nos da esas indicaciones de modo más claro y explícito, por medio de signos maravillosos que obliguen nuestro asentimiento? Eso es lo que significa “que resuciten los muertos”: un “milagrón” al que no podamos oponer la menor duda. Se podría replicar que si Dios nos hablara así, nos avasallaría con su fuerza y podríamos sentir que el espacio de nuestra libertad quedaba indebidamente invadido. Su palabra no sería un diálogo respetuoso con el espacio de nuestra libertad, ni daría oportunidad a una respuesta basada en la fe, es decir, en la confianza. Ahí, claro, está el riesgo de nuestro posible “no” a su oferta. Pero ese riesgo es inherente al respeto de la libertad. Además, el “milagrón” no tendría efecto, pues lo importante aquí es un corazón bien dispuesto. Eso es lo que quiere decir Jesús con eso de que “si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto”. Los que se dedican a banquetear, a vivir en la superficialidad, a ocuparse sólo de sí mismos, no suelen estar para milagros de ningún género: si no ven al pobre tirado en su puerta, menos van a ver a un muerto resucitado.

Para ver a uno y a otro hacen falta otras actitudes, precisamente las que enumera Pablo en su carta a Timoteo: voluntad de justicia, piedad (para con Dios y para con los hombres), fe y amor, también esas virtudes menores pero tan necesarias en la vida, que aquí se resumen en la delicadeza. Sólo así se clarifica nuestra mirada para ver al pobre que sufre y al muerto que resucita: uno y otro son Jesucristo, que sufre en los pobres y con-padece con todos los que padecen (y, ¿quién no padece de un modo u otro?), y que por ese sufrimiento llegó al extremo de la muerte, cancelando así todos los abismos y conquistando para nosotros la vida eterna.

A la luz de la parábola que Jesús nos ha contado hoy, podemos volver ahora a las dos primeras lecturas para examinar a qué género de vida se asemeja más la nuestra, y para tomar decisiones que nos ayuden a superar abismos en vez de a crearlos y ahondarlos. La voz de la ley y los profetas que nos ayuda en esta tarea es la voz de la Iglesia, por medio de la cual nos está hablando cada día el mismo Dios.

Escuchémoslo.

domingo, 22 de septiembre de 2013

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

EVANGELIO 
Lc 16, 1-13

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas.

Jesús decía a los discípulos: Había un hombre rico que tenía un administrador, al cual acusaron de malgastar sus bienes. Lo llamó y le dijo: "¿Qué es lo que me han contado de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no ocuparás más ese puesto". El administrador pensó entonces: "¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el cargo? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza. ¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar el puesto, haya quienes me reciban en su casa!". Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: "¿Cuánto debes a mi señor?". "Veinte barriles de aceite", le respondió. El administrador le dijo: "Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez". Después preguntó a otro: "Y tú, ¿cuánto debes?". "Cuatrocientos quintales de trigo", le respondió. El administrador le dijo: "Toma tu recibo y anota trescientos". Y el señor alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente. Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz. Pero yo les digo: Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que éste les falte, ellos los reciban en las moradas eternas. El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho. Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes? Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.

Palabra del Señor.

Comentario

Jesús decía a sus discípulos: El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho. Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes? Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.

sábado, 14 de septiembre de 2013

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

EVANGELIO 
Lc 15, 1-32      
O bien más breve: Lc 15, 1-10

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas.

/Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Pero los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: "Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos". Jesús les dijo entonces esta parábola: "Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: 'Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido'. Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse". Y les dijo también: "Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: 'Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido'. Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte"./ Jesús dijo también: "Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: 'Padre, dame la parte de herencia que me corresponde'. Y el padre les repartió sus bienes. Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa. Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones. Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. Él hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Entonces recapacitó y dijo: '¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre! Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros'. Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó. El joven le dijo: 'Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo'. Pero el padre dijo a sus servidores: 'Traigan en seguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado'. Y comenzó la fiesta. El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó que significaba eso. Él le respondió: 'Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo'. Él se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: 'Hace tantos años que te sirvo, sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!'. Pero el padre le dijo: 'Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado'".

Palabra del Señor.

Comentario

El padre de la parábola vio llegar a su hijo y se conmovió. La expresión literal es "se conmocionó hasta las entrañas". Ya Zacarías, el padre de Juan Bautista, había hablado de "las entrañas de misericordia de nuestro Dios" (Lc 1, 78). Así es la misericordia de Dios, honda y visceral. En las parábolas, Jesús nos transmite su experiencia del amor de Dios. Como Moisés, Jesús sabe que Dios se deja conmover, que podemos tocarlo en su fibra más íntima, que podemos estremecerlo hasta las entrañas, cuando con sencillez nos presentamos delante de él.

sábado, 7 de septiembre de 2013

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

EVANGELIO: 
Lc 14, 25-33

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas.

Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo: "Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. ¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: "Este comenzó a edificar y no pudo terminar". ¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz. De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo".
Palabra del Señor.
Comentario

Jesús pone dos ejemplos, dos pequeñas parábolas, acerca de la sabiduría necesaria para llevar adelante una obra. En ambos casos, habla de cálculos y previsiones. Y todo eso para hacernos meditar sobre la gran obra de nuestra vida, que es seguirlo a él. Este seguimiento implica la sabiduría de valorar las cosas y las personas en su justa dimensión. El desprendimiento, el desapego y el no acaparar son las actitudes indispensables para seguir a Jesús, libres de ataduras.

martes, 3 de septiembre de 2013

Jornada de ayuno y oración por Siria: "No teman dar a sus hijos un almuerzo austero"



ROMA, 03 Sep. 13 / 01:15 pm (ACI/EWTN Noticias).- El Presidente del Pontificio Consejo para la Familia, Mons. Vincenzo Paglia, invitó a las familias, padres, hijos, y abuelos, a unirse en familia el próximo 7 de septiembre a la jornada de ayuno y oración que el Papa Francisco convocó para pedir la paz en Siria, Medio Oriente y el mundo.

"Queridos padres, no tengan miedo de proponer a vuestros hijos un almuerzo austero y mínimo, será la ocasión para explicarles lo que está ocurriendo en el mundo y como estos hechos terribles no pueden dejarnos indiferentes. Los invito a acoger la propuesta del Papa y a vivir también en casa el gesto del ayuno y la oración", animó Mons. Paglia el 3 de septiembre según informó el diario de la Santa Sede, L’Osservatore Romano.

Las continuas noticias que llegan de Siria sobre un posible ataque de la comunidad internacional a este país en guerra "interpelan al corazón, a nuestra inteligencia, y a nuestra fe", y es necesario que esta jornada de ayuno y oración, "sea acogida con gran seriedad y el compromiso de todos", añadió.

"No olviden invitar a los abuelos y a los ancianos a este almuerzo hecho con poca comida y muchas palabras, si alguno de ellos experimentó tiempos de guerra, podrá explicar qué significó vivir bajo las bombas y en la incerteza del mañana y cuál era el sentido de sus oraciones en aquellos días".

"Y vosotros jóvenes, no se lamenten si el sábado no hay grandes platos sobre la mesa, sino den gracias a vuestros padres por lo que les proponen, es más, exíjanles una explicación y los motivos por los que vale la pena continuar y habitar esta tierra marcada demasiado a menudo, por lutos y violencia", invitó.

Junto a la dureza de las noticias, Mons. Paglia animó a no olvidar comunicar la esperanza de la paz ofrecida por Jesús resucitado, que reconcilió al mundo con gestos donándose a sí mismo, en lugar de usar gestos violentos y vengativos.

"¡Recen unidos en la mesa, oren! Por las familias de Siria, por los niños que mueren cada día, por el odio y el hambre, por los gobernantes llamados a encontrar las soluciones de paz y no violencia", exhortó.

Por último el Arzobispo Paglia invitó a recitar junto a la familia un salmo, leer una página del Evangelio, rezar una decena del Rosario, hacer una oración libre en voz alta, o hacer un sencillo canto, o cualquier acto que más les sea adapto para interceder, "y meterse en medio del misterio del mal que marca nuestra historia y el Dios de la paz que la sana y la salva", concluyó.

El pasado 1 de septiembre el Papa Francisco invitó a todos los cristianos, los miembros de otras religiones y hombres de buena voluntad a sumarse a esta petición, y anunció que ese mismo día, de 7 p.m. a 11 p.m., celebrará en la Basílica de San Pedro, una vigilia de oración para pedir la paz definitiva en el país árabe.

sábado, 31 de agosto de 2013

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

                                                      
Evangelio según San Lucas 14,1.7-14.
1 Sucedió que un sábado fue a comer a casa de uno de los jefes de los fariseos. Ellos le estaban observando.
7 Notando cómo los invitados elegían los primeros puestos, les dijo una parábola: 8 «Cuando alguien te invite a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya invitado a otro más distinguido que tú 9y, viniendo el que os invitó a ti y a él, te diga: `Deja el sitio a éste', y tengas que ir, avergonzado, a sentarte en el último puesto. 10 Al contrario, cuando te inviten, vete a sentarte en el último puesto, de manera que, cuando venga el que te invitó, te diga: `Amigo, sube más arriba.' Y esto será un honor para ti delante de todos los que estén contigo a la mesa. 11Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.»
12 Dijo también al que le había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez y tengas ya tu recompensa. 13 Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; 14 y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos.»
Palabra del Señor
2. La Palabra se ilumina (lectio)
a) Contexto:
La parábola de la elección de los últimos lugares está situada en sábado, cuando Jesús está ya en Jerusalén, donde se cumplirá el misterio pascual, donde se celebrará la eucaristía de la nueva alianza, a la cual le seguirá después, el encuentro con el viviente y el encargo de la misión de los discípulos que prolongará la de Jesús. La luz de la Pascua permite ver el camino que el Señor hace recorrer a todos aquellos que son llamados para representarlo como siervo, diakonos, en medio de la comunidad, recogida en torno a la mesa. Es el tema lucano de la comunión o participación. La realidades más hermosas las ha realizado Jesús, las ha proclamado y enseñado a la mesa, en un ambiente de banquete.
En el capítulo 14, Lucas, con su hábil arte de narrador, pinta un cuadro, en el cual superpone dos imágenes: Jesús, a la mesa, define el rostro de la nueva comunidad, convocada en torno a la mesa eucarística. La página está dividida en dos escenas: la primera la invitación a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos en día de fiesta, un sábado (Lc 14, 1-6); luego, la enseñanza con dos pequeñas parábolas sobre el modo de elegir los puestos a la mesa y los criterios para hacer las invitaciones (Lc 14, 7-14); finalmente la parábola de los invitados al banquete (Lc 14,15-16), en la que aparece el problema de los invitados: ¿quién participará en la mesa del reino? Esta participación se prepara desde este momento hasta la hora de la relación con Jesús, que convoca en torno a él a las personas en la comunidad-Iglesia.
b) Exégesis:
- el sábado: día de fiesta y de liberación
He aquí el versículo de Lucas: « Sucedió que un sábado fue a comer a casa de uno de los jefes de los fariseos. Ellos le estaban observando» (Lc 14, 1). Jesús es invitado un día festivo por un responsable de los movimientos de los observantes o fariseos. Jesús está a la mesa. En este contexto sucede el primer episodio: la curación de un hombre hidrópico, impedido por su enfermedad de participar a la mesa. Aquellos que están marcados en su carne están excluidos de la comunidad de los observantes, como sabemos por la Regla de Qumran. La comida del sábado tiene carácter festivo y sagrado, sobre todo para los observantes de la ley. En el día de sábado, de hecho, se hace memoria semanal del éxodo y de la creación. Jesús, justamente en día de sábado, devuelve la libertad y devuelve la salud plena a un hombre hidrópico.
Él justifica su gesto ante los maestros y observantes de la ley con estas palabras: « ¿Quién de vosotros, si se le cae un ano o buey al pozo no lo saca inmediatamente en día de sábado?». Dios está interesado en las personas y no sólo en las propiedades del hombre. El sábado no se reduce a una observancia externa del descanso sagrado, sino que está en favor del hombre. Con esta preocupación dirigida al hombre, se da también la clave de lo criterios de convocación a esta comunidad simbolizada por la mesa: ¿cómo hacer la elección de los puestos? ¿a quién invitar y quién participará al final en el banquete del Reino? El gesto de Jesús es programático: el sábado está hecho para el hombre. Él realiza en día de sábado lo que es el significado fundamental de la celebración de la memoria de la salida de Egipto y de la creación.
- sobre la elección de los puesto y de los invitados
Los criterios para elegir los puestos no se basan en la precedencia, o sobre los papeles o notoriedad, sino que se inspira en el actuar de Dios que promueve a los últimos, «porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.» (Lc 14, 11). Este principio que cierra la parábola del nuevo libro de urbanidad, que tira por tierra los criterios mundanos, hace alusión a la acción de Dios por medio del pasivo «será ensalzado». Dios exalta a los pequeños y a los pobres, así como Jesús ha introducido en la mesa de la fiesta sabática al hidrópico excluido.
Luego vienen los criterios sobre la elección de los invitados. Se excluyen los criterios de recomendación o de solidaridad corporativa: « No llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos... …» « Al contrario, cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos...» (Lc 14, 12.13). El elenco comienza con los pobres, que en el evangelio de Lucas son los destinatarios de las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de los cielos». En el elenco de los invitados, los pobres están concretizados como los disminuidos físicamente, excluidos por las confraternidades farisaicas y por el ritual del templo (Cf. 2Sam 5, 8; Lv 21, 18).
Este elenco se vuelve a encontrar en la parábola del banquete: pobres, cojos, ciegos y mancos toman el puesto de los invitados al respecto (Lc 14, 21).
Esta segunda parábola sobre el criterio de los invitados se cierra con esta proclamación: «Y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos» (Lc 14, 14), al final de los tiempos, cuando Dios manifieste su señorío comunicando la vida eterna. Hay una frase de uno de los comensales, en este momento, que hace de lazo de unión entre las dos pequeñas parábolas y el banquete de cena. «Uno de los comensales, habiendo oído esto, dijo: «¡Bienaventurado el que coma el pan del reino de Dios!”» (Lc 14, 15). Esta parábola que hace alusión a la bienaventuranza del reino y a la condición para participar en el mismo mediante la imagen del banquete, «comer el pan», situa la parábola del banquete dentro de su significado escatológico. Sin embargo, este banquete final, que es el reino de Dios y la plena comunión con él, se prepara en la comunión actual. Jesús narra esta parábola para interpretar la convocación de los hombres con el anuncio del reino de Dios a través de su actuación histórica.
3. La palabra me ilumina (para meditar)
a) Jesús, estando en casa del fariseo que lo había invitado a comer, observa cómo los invitados eligen los primeros puestos.Es una actitud muy común en la vida, no solamente cuando se está a la mesa: cada uno busca el primer puesto en la atención y en la consideración por parte de los demás. Todos, comenzando por nosotros mismos, tenemos experiencia de ello. Pero, debemos tener cuidado, porque las palabras de Jesús, que exhortan a abstenerse de buscar el primer puesto, no son simplemente una palabras de urbanidad; ellas son una regla de vida. Jesús aclara que es el Señor el que da a cada uno la dignidad y el honor, no somos nosotros a dárnoslo, tal vez presumiendo de nuestros propios méritos. Como hizo en las Bienaventuranzas, Jesús echa por tierra el juicio y el comportamiento de este mundo. El que se reconoce pecador y humilde, será exaltado por Dios, el que, por el contrario, pretende que se le reconozcan sus méritos y busca los primeros puestos, arriesga el autoexcluirse del banquete.
b) « No te pongas en el primer puesto, no sea que haya invitado a otro más distinguido que tú... y tengas que ir, avergonzado, a sentarte en el último puesto » (Lc 14,8-9). Parece que Jesús juegue con los tentativos infantiles de los invitados que se preocupan por alcanzar la mejor posición; pero, su intención es mucho más seria. Hablando a los jefes de Israel, él muestra cuál es el poder que edifica las relaciones del reino: "El que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado » (Lc 14,11). Les describe “el buen uso del poder", fundado sobre la humildad. Es el mismo poder que Dios libera en la humanidad en la encarnación: "Al servicio de la voluntad del Padre, a fin de que toda la creación vuelva a él, el Verbo “no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz" (Fil 2,6-8). Esta kenosis gloriosa del Hijo de Dios “tiene la capacidad” de curar, reconciliar y liberar a toda la creación. La humildad es la fuerza que edifica el reino y la comunidad de los discípulos, la Iglesia.